Pasó una hora. Las olas crecieron aún más, y la tensión en el aire era palpable. Anfu y Gusto, viendo el cansancio de todos, levantaron con magia un pequeño promontorio de tierra y formaron asientos y árboles para dar sombra.
Siria se acomodó frente a Anfu. Él le tomó las manos y la atrajo hasta quedar en sus brazos, dejando besos distraídos sobre su cuello —¿Estás asustada, amor? — Le susurró con voz cálida.
—No — Respondió ella, los ojos fijos en el horizonte— Estoy emocionada. Esto es histór