Capítulo 3 - Solo puedes ser MI secretaria.
DAMIAN WINTER
Estoy parado afuera del salón de banquetes, esperando a mi acompañante de la noche, mi secretaria.
Provocar a Stella Harper se había convertido en uno de mis pasatiempos favoritos.
Ella reaccionaba de manera fascinante: los ojos se abrían de par en par, los hombros se tensaban, la respiración se volvía irregular. Cada reacción denunciaba cuánto se esforzaba por mantenerse profesional.
Después de la última provocación en el baño, pasó el día entero evitándome como el diablo huye de la cruz. No me sorprende. Sin embargo, irritantemente, eso solo hizo todo más interesante.
No tenía idea de que escuché cada palabra que dijo sobre mí en la oficina. Pero lo que ella no sabía, y eso me encargaba de mantener así por ahora, era que la observé desde el principio. Desde el primer día.
Estaba viendo su entrevista con Collins. No pretendía acompañar todas. Solo algunas.
Pero entonces ella entró.
Su currículum estaba técnicamente bien, al menos en la superficie. Iba bien al principio, pero al final se dejó derribar por el nerviosismo y decidió revelar que todo era mentira. Obviamente no fue esa "honestidad" lo que me hizo contratarla. Ella simplemente me interesó.
Y lo que me interesa, lo tomo.
En ese entonces, pensé que sería fácil. Contratarla, mantenerla cerca. Intentaría resistir, por supuesto. Siempre resisten al principio. Pero después... el patrón se repetiría.
Solo que Stella no siguió el patrón.
Ella no demostraba tener algún interés por mí, como mucho debía encontrarme atractivo, esa indiferencia era tan frustrante como adictiva. Pero creo que me estoy impacientando, ya que mis provocaciones se están volviendo menos discretas. Y ahora siento que la señorita Harper tiene una excitación reprimida por el robot aquí.
Esta noche, en el banquete, pretendía encender el fuego dentro de ella.
Sin embargo, cuando vi a Stella bajando del auto, me di cuenta de que la excitación por ella ya había sido encendida antes, pero no tengo ninguna intención de reprimirla...
Ella estaba diferente.
Totalmente fuera del estándar de la secretaria que conocía. El vestido negro era lo suficientemente ajustado como para acentuar sus curvas, pero demasiado elegante para ser clasificado como vulgar. Si estaba tratando de provocarme... funcionó.
El cabello rubio caía en ondas suaves sobre los hombros, y el maquillaje realzaba sus ojos claros y la línea firme de la mandíbula. Parecía peligrosa. El tipo de mujer de la que un hombre debería mantenerse alejado, si tuviera sentido común.
Desafortunadamente, el sentido común no era algo que soliera guiarme en asuntos como este.
La quiero.
—Señor Winter —dijo, al acercarse.
Mierda, ese fue un bello impacto visual. No era solo el vestido que marcaba su cintura a la perfección. Ni el detalle de los tirantes finos que dejaban los hombros al descubierto o el escote que revelaba más de lo que vi desde que la conocí.
Fue el conjunto.
Siempre supe que Stella era bonita. Pero nunca la deseé tanto como en este momento.
—Estás muy hermosa, señorita Harper.
Ella se sonrojó, bajando la mirada con una sonrisa tímida.
—Gracias, señor Winter.
—Permíteme —extendí el brazo con naturalidad.
Ella vaciló por un segundo antes de entrelazar el brazo con el mío. Su piel era cálida. El perfume ligero, floral. Y eso me golpeó de una manera irritante, porque prefería descubrir estas cosas si estuviera desnuda en mi cama.
El restaurante era sofisticado, con vista al lago. Caminé a su lado con la mano apoyada en su espalda para guiarla. El toque prolongado me dio la excusa perfecta para sentir su piel un poco más.
Müller nos esperaba ya con un vaso de whisky en la mano y se levantó, sonriente.
—¡Señor Winter!
—Müller —saludé con educación—. Espero que no haya esperado mucho.
—Nada que un buen whisky no resuelva —rio, y enseguida sus ojos se posaron sobre Stella.
La analizó de arriba abajo, demorándose más de lo que debía.
—¿Y esta bella dama?
—Stella Harper, mi asistente —respondí esperando que esa mirada interesada en su rostro cambiara.
Pero por supuesto que la ignoró.
—Señorita Harper... encantado —dijo, sosteniendo su mano por demasiado tiempo.
—Es un placer, señor Müller —respondió Stella, educada.
Yo jalé la silla para ella antes de que él lo hiciera y como anticipé, vi su expresión decepcionada.
Siempre anticipa los movimientos de tu enemigo.
—Vamos a sentarnos.
La conversación comenzó centrada en el mercado europeo, pero no tardó en que Müller desviara la atención.
—Señorita Harper, ¿el señor Winter es tan exigente como dicen? Debe ser complicado trabajar con un hombre tan... controlador.
—El señor Winter es un líder excepcional. Exigente, sí. Pero justo.
"Bella respuesta", pensé, casi sonriendo.
Pero Müller estaba lejos de darse por satisfecho.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintisiete.
—¿Soltera?
—Sí, pero...
—Una mujer joven y muy bonita... una sorpresa estar sola.
Sentí la mandíbula trabarse.
—Me enfoco en el trabajo —respondió Stella.
—Ah, pero deberías aprovechar la vida... mujeres como tú no deberían esconderse detrás de la rutina.
—Ella puede aprovechar la vida de la forma que considere adecuada, Müller —corté.
Él rio, incómodo.
Durante la cena, observé sus ojos arrastrarse sobre Stella varias veces y eso me incomodaba.
Pero empeoró cuando, al final de la cena, Müller sostuvo nuevamente su mano.
—Si algún día quieres trabajar conmigo... prometo que pagaré mejor que el señor Winter y prometo no ser tan exigente o controlador.
Stella soltó una risa educada, desviando la conversación, pero mi sangre hirvió.
El camino hasta el auto fue tenso.
—Señor Winter... ¿está todo bien? —preguntó, al ver mi expresión—. Parece... enojado.
—Estoy muy bien, señorita Harper. Ocúpate de tu propia vida.
Ella abrió los ojos, sorprendida.
—Yo... ¿qué?
—Ya dije que te ves más atractiva callada. Pero también puedes ser menos irritante si no me haces repetir lo que digo —mi mano tocó su mentón, y ella no retrocedió. Sus ojos quedaron atrapados en los míos, su respiración estaba acelerada—. De ahora en adelante ten cuidado con el CEO Müller y si te busca avísame, ¿entendido?
—Sí, señor —no sé si entendió de verdad o solo aceptó para no hacerme hablar otra vez. Pero esa respuesta es aceptable.
[...]
En el vuelo de vuelta, después de resolver todas las pendencias en Suiza y cerrar los contratos, el silencio se instaló nuevamente entre nosotros. Stella leía un informe en la tablet, y yo fingía estar concentrado en mis papeles. Pero, en realidad, mi mirada iba hacia ella con más frecuencia de la que me gustaría admitir.
—¿Realmente considerarías aquella propuesta de Müller? —pregunté.
Ella me miró, confundida.
—¿Qué? Claro que no. Pensé que era obvio que era solo un intento barato de coqueteo.
—Aun así... —insistí, más áspero—. Él tenía razón en una cosa.
—¿En qué?
Me incliné más cerca.
—Que eres hermosa. Joven. Y cualquier hombre lo notaría.
Ella se sonrojó, desviando la mirada como siempre hacía. Como si no pudiera lidiar con ese tipo de atención.
Fue el detonante.
Antes de que cualquier palabra saliera de su boca, capturé sus labios con los míos. No pedí permiso. Simplemente la besé.
Fue brusco. Caliente. Furioso. Y completamente diferente de lo que estoy acostumbrado.
Ella jadeó contra mi boca, pero no se apartó de inmediato. Sentí su indecisión, la tensión en los músculos, el temblor en las manos que se apoyaron en mi pecho. Aun así, permanecí ahí, presionando mi boca contra la suya como si necesitara marcarla de alguna forma.
Me alejé despacio, manteniendo los ojos clavados en los suyos, que ahora estaban abiertos de par en par por el shock.
—Solo puedes ser mi secretaria.