ELIZABETH WINTER
El sonido fue una agresión. Una alarma de celular, estridente e insistente, cortando la neblina cálida y cómoda del sueño.
Gemí, intentando enterrarme más profundo. ¿Más profundo en qué? Ah, sí. El pecho desnudo de Alexander. Se movió debajo de mí, un gemido bajo de protesta vibró en mi oído. La alarma, me di cuenta, era mía.
— Mierda — murmuré, con la voz ronca y casi irreconocible.
— Apaga eso. — gruñó Alex.
Con un esfuerzo enorme, extendí el brazo hacia su mesita de noche, d