DAMIAN WINTER
El ruido de los cubiertos contra la porcelana era más molesto que cualquier reunión de la junta directiva. Mi madre había mandado a bordar el logotipo de la empresa en cada servilleta de lino. El mismo símbolo estaba estampado en los platos, en las copas y hasta en los malditos servilleteros. Estábamos rodeados por nuestra herencia. Literalmente.
La cena semanal en casa de mis padres era un ritual, casi una ceremonia. Todos estaban allí. Mi padre, William Winter (o WW, como suelo