SOPHIE POSITRON
El bip constante del monitor cardíaco ya me estaba sacando de quicio. La habitación privada estaba en silencio, fría, con ese olor a antiséptico que parecía pegarse a las paredes. Odiaba los hospitales, pero odiaba aún más la sensación de impotencia que se me había pegado como una sombra desde la noche del disparo.
La pantalla de mi celular vibró sobre la mesa junto a la cama. Lo agarré rápido, sabiendo perfectamente de quién era el mensaje. El guardia de seguridad que mi padre