DAMIAN WINTER
—Hola, hijo —la voz de mi padre sonó grave, casi nostálgica.
Me quedé sin reacción. Lo miré, vi su postura rígida, el traje de diseñador, y sentí que la rabia me recorría el cuerpo como una corriente eléctrica. No era solo por la sorpresa de verlo allí, sino por el maldito momento. Justo ahora, cuando Stella apenas se estaba recuperando y yo necesitaba mantener la paz en casa. No puedo dejar que me ponga de mal humor hoy.
—¿Qué haces aquí? —pregunté en un tono frío, directo, sin s