AMENAZA

~HARPER SULLIVAN~

No hubo ningún beso que sellara la unión, como suele suceder en todas las bodas. Y realmente lo agradecí, porque lo último que quería era tener que besar a ese imbécil que me causaba repulsión.

Sin embargo, mi "querido" esposo se inclinó hacia mi oreja solo para susurrarme una advertencia:

—Prepárate, querida esposa, porque haré de tu vida un infierno.

Cada músculo de mi cuerpo se tensó y cerré los puños, apretándolos con fuerza para contener mi rabia. La mandíbula me dolió cuando hice rechinar mis dientes.

¿Me molestaba su advertencia? Por supuesto que sí. Pero no porque esperara un matrimonio idílico de cuento de hadas junto a él.

Yo ya lo odiaba. Lo odiaba por haberme juzgado a la primera impresión; por haberme llamado prostituta y por haberse burlado de mi condición física... y también lo odiaba solo porque sí; por su arrogancia, por su desdén y por menospreciarme, creyendo que yo solo iba a agachar la cabeza ante su amenaza y no iba a luchar contra lo que fuera que tuviera en mente para volver mi vida un infierno.

Yo no estaba allí, frente a ese altar, uniendo mi vida a la suya porque estuviera enamorada o porque realmente quisiera hacerlo, sino por algo mucho más grande: cumplir aquel trato con su padre para que pudiera saldar la deuda que mi padre nos había dejado.

Eso era lo único que me importaba y lo iba a lograr a como diera lugar.

Cuando mi "querido" esposo se enderezó y me miró con esa intensidad de sus ojos oscuros, que evidenciaban que me odiaba tanto como yo a él, en un movimiento indignado, levanté la barbilla con orgullo y, esbozando una ligera sonrisa altanera, le repliqué en voz baja, de modo que solamente él escuchara:

—Hazlo, querido esposo. Te voy a demostrar que puedo "amarte" con la misma intensidad y devolverte todas las atenciones "cariñosas" que me otorgues.

Él endureció el gesto rápidamente. Con claridad pude notar que entendió mi réplica y que lo disgustó.

Quizá no se lo esperaba. Quizá esperaba que yo fuera el tipo de mujer que solamente agacha la cabeza y calla, y sale huyendo ante las amenazas. No tengo idea realmente. Pero, lo que sí sé, es que disfruté del efecto que mi respuesta causó en él.

Me gustó sorprenderlo, cabrearlo y arruinarle el momento de control y superioridad que creía tener.

Un murmullo recorrió a los pocos presentes y el sacerdote, con una rapidez que parecía propia de quien quiere salir cuanto antes de una situación incómoda, dio por finalizada la ceremonia.

Los aplausos fueron tímidos, escasos.

Dando media vuelta, Cole recorrió el mismo pasillo que yo acababa de recorrer y salió de la iglesia, dejándome atrás, junto a los desconcertados invitados que no tenían idea de qué pasaba realmente y lo que había detrás de aquella unión.

Intentando disimular lo mucho que le molestaba la actitud de su hijo, Edmund Blackwood se puso en pie con rapidez.

—¡Hora de celebrar! —exclamó, aplaudiendo, pero no en celebración, sino para dejar claro que era una ordenanzaa—. Si quieren, pueden ir al salón principal.

Observó con mirada implacable a los invitados ponerse de pie y salir de las filas de sillas y de la iglesia, para obedecer su orden. Cuando salió de la iglesia, fue detrás de su hijo.

~COLE BLACKWOOD~

Estaba cerca de las caballerizas, acariciando con mis dedos la crin de Vesper, ese caballo salvaje al que tanto apreciaba. Hacer eso siempre calmaba las tormentas que se agitaban en mi interior, y en ese momento estaba que me llevaba el diablo.

No solamente había tenido que acceder a participar de ese circo que mi padre había armado al tener que casarme con esa desconocida que me resultaba desagradable, sino que también había tenido que soportar que hacía un momento me dejara como un imbécil al responder a mi amenaza con soberbia.

Tal parecía, que mi plan de forzarla a qué se fuera en menos de una semana no iba a ser tan fácil como pensaba.

—¿Qué diablos pasa contigo, Cole? —La voz llena de ira de mi padre me llegó desde atrás.

La rabia se erizó bajo mi piel. Lo último que quería era escuchar sus mierdas.

—¿Qué pasa de qué? —repliqué sin girar—. Ya hice lo que querías, ¿no? Deberías de estar más que contento. Me he casado tal y como deseabas. No sé qué más esperas de mí. Si es que le rinda pleitesía a esa... princesita de ciudad, estás muy equivocado. Será mi esposa en papel, pero por mí, se puede ir tal y por donde vino contigo.

—¡Ni lo creas! Tienes treinta y ocho años. ¿Cuándo demonios vas a madurar y asumir alguna responsabilidad por el futuro de tu vida?

—¿No tengo responsabilidades? —vociferé con la voz impregnada de indignación y finalmente me volteé para enfrentarlo—. ¿Y cómo diablos le llamas a esto? ¿A lo que hago aquí, día tras día, desde que el sol se levanta, hasta que anochece?

—Sabes muy bien a qué me refiero. Quiero un heredero.

Parpadeé, sorprendido.

—Así que quieres que tenga un hijo, ¿es eso?

—Dos sería lo ideal.

—Un heredero y un repuesto, ¿eh?

El labio de mi padre se curvó en una mueca.

—No seas vulgar.

—¿Y crees que era necesario armar este circo de casarme con esa chica para conseguirlo, padre? Simplemente, podría haber preñado a la primera mujer que encontrara en mi camino, ¿no crees?

Mi padre sacudió la cabeza y sus mejillas se volvieron a enrojecer.

—Por supuesto que no. Te casaste con una mujer adecuada. Ella tiene un apellido con prestigio y es digna de tener a mis herederos.

Solté un bufido cargado de ironía.

—¿Un apellido digno? Por lo que sé, es una Sullivan. No tiene ni dónde caerse muerta.

—No estamos hablando de dinero. No necesitamos eso. Necesitas una mujer adecuada, no esa prostituta con la que te revuelcas.

Monté en cólera. Se me erizó el vello de los brazos. Apretaba la mandíbula y mis hombros se tensaron por la rabia contenida.

—Al menos, Amelia está completa. Eso, que me has conseguido para ser "mi esposa", no está ni completo.

Vi la rabia arder en mi padre.

—Escucha, Cole, vas a ir allá —señaló el salón donde se iba a llevar a cabo el banquete de celebración—. Vas a actuar como el hombre que eres y esta noche vas a consumar el matrimonio y a ponerte a trabajar duro para darme lo que quiero, o te juro que te quito mi apellido, te destierro de mis tierras y aunque tenga sesenta y cinco años, me pongo a hacer un nuevo heredero. Creo que tu esposa estaría más que dispuesta a dármelo, así que está en tus manos tu destino.

Mi padre dio media vuelta y avanzó hacia el salón, dejándome solo con Vesper y la furia crepitando en todo mi sistema.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Bebyel viejo quiere 2 nietos
Flor Martinezcómo hará para poder tener ese bebé
Flor MartinezPobre Harper que humillación para ella
Maria Cecilia Hernandez Carrizalezya sabemos que hay una mujer
Maria Cecilia Hernandez Carrizalezpero un toma y dame del papa y el hijo
Digitalize o código para ler no App