La luz de las pantallas de seguridad bañaba el rostro de Valeria con un resplandor azulado que contrastaba brutalmente con la palidez de su piel. Llevaba exactamente dieciséis minutos observando la grabación en bucle, sus ojos moviéndose frenéticamente sobre cada píxel como si la intensidad de su mirada pudiera reescribir lo que estaba viendo.
Lorenzo. Su hijo de ocho años. Caminando por los pasillos del Palacio de la Zarzuela a las cinco y cuarenta y dos de la madrugada con una mochila escolar