Mundo ficciónIniciar sesiónFinalmente llegaron a la casa de su abuela y Emilio se despidió ahí, ya que se fue a su casa que era justo al lado. La casa de la abuela de Catalina era grande, elegante de estilo gótico, con lujos por doquier. Pero también era lúgubre y oscura… como la abuela, quien desde que su marido murió vestía de completo negro y traía expresión malhumorada. Aunque su padre le contó en secreto de niña que en realidad incluso antes de que muriera su abuelo ella ya tenía esa cara.
Cuando entraron, una mujer delgada pulcramente vestida de negro también, con expresión absolutamente seria las esperaba.
―Señorita, soy Camelia, el ama de llaves de su abuela. La señora la espera en su despacho desde hace rato, acompáñeme por favor ―Indicó a Catalina ―Tu espera en la cocina ―Le dijo a Gertrudis.
Ambas chicas se miraron significativamente, sabían que no era buena una reunión a solas con su abuela.
Catalina respiró profundo y tomó valentía sabiendo que eso habrían querido sus padres de ella. Que fuera valiente.
Siguió a Camelia y entró al despacho grande, elegante e intimidante para la mayoría de las personas. Llena de libros, forrada en caoba, con lámpara antiguas y finas, pero que iluminaban tenuemente haciendo que todo se viese un poco aterrador para Catalina.
― ¿Sucedió algo en particular que te detuvo hasta esta hora? ―Preguntó su abuela mirándola molesta sentada en un sillón rojo.
― Lo lamento, abuela, Emilio nos invitó a tomar el té en el centro de la ciudad ―Explicó Catalina.
―Me parece de muy mala educación que me hagas esperar cuando tienes una hora de llegada y la compañía del joven Emilio, aunque es apropiada al ser tu familiar, deja de serlo por la insistencia que demuestran ambos de estar juntos. A no ser que esa insistencia sea debida al deseo interno de matrimonio ― Explicó su abuela
―No, abuela ―Respondió Catalina ―Emilio es mi amigo de la infancia, crecimos juntos como vecinos. Somos como hermanos, por eso la cercanía.
― Incluso los hermanos tienen límites en cercanía y quiero que de ahora en adelante tengas en claro los límites a todo lo que al parecer no estas acostumbrada ―Dejó en claro su abuela.
― ¿Te refieres a la escuela de medicina? ―Preguntó Catalina asustada.
―También a ello ―Respondió su abuela ―quiero que te olvides de ese asunto.
―De ninguna manera, abuela ―Se negó Catalina molesta ―He pasado años estudiando ahí, estoy por terminar y me dará un empleo digno.
―A esta edad que debes estar ocupada en buscarte un marido ―Habló su abuela enojada ―De ninguna manera voy a permitir que mi única nieta se quede sin casarse como todas esas mujeres que se quedan solas haciendo el ridículo y enlodando nuestro apellido.
―Pero mis padres me apoyaban ¿Por qué no puedes hacerlo tu? ―Preguntó ella.
―Porque yo sé lo que es mejor para ti, y eso es formar una familia, ocuparte de un marido, de los hijos que vas a tener.
―No, me niego, yo seguiré estudiando ―Dijo ella.
―Pues no pienso firmar nada y tampoco te voy a dar el dinero y propiedades que dejaron tus padres ― La amenazó su abuela
―Pero ¿por qué? -Preguntó ella con lágrimas en los ojos.
Sin la firma de su abuela, la escuela no le permitiría seguir estudiando. Aunque con mucho esfuerzo habían logrado hacer la escuela de medicina para mujeres también, no permitían que ninguna de ellas estudiara sin el permiso de su padre o tutor.
― Si esta es la única manera de que hagas lo que debes, entonces voy a presionarte ―Explicó su abuela ―Sin mi aprobación no te dejarán entrar a la escuela.
―No hagas esto abuela, ya casi termino, solo me falta un año ―Lloró Catalina acercándose a ella, pero su abuela le hizo que se alejara con un gesto de la mano.
―Lo siento, pero no está a discusión ―Se impuso su abuela.
―Debe haber una manera ―Suplicó ella.
―Cásate. Esa es la manera ―Respondió su abuela.
― ¿Casarme? ―Preguntó ella sin poder creerlo.
―Sí, esa es mi condición. Aunque no la vas a poder cumplir porque ningún marido va a permitirte estudiar, los hombres necesitan a su mujer atenta a la casa, a la familia ― Levantó la voz su abuela tomando su bastón que tenía a un lado y azotándolo contra el piso.
― ¿Si encuentro a alguien que acepte comprometerse conmigo y dejarme estudiar, firmarás? ―Preguntó Catalina entusiasmada con la idea que le vino a la cabeza.
― Bueno, si tal cosa aparece entonces si ―Aceptó su abuela.
― Lo encontraré, abuela, verás que si ―Prometió Catalina limpiándose las lágrimas y sonriendo.
―Apresúrate o yo misma encontraré un candidato idóneo para ti sin importar si te dejará estudiar o no ―La amenazó.
―Me apresuraré abuela, lo verás ―Dio su palabra Catalina.
― Y quítate el luto, por favor, ya ha pasado algo de tiempo o nadie querrá comprometerse contigo― Exigió la abuela.
― Es… está bien ―Aceptó ella a regañadientes. No quería quitarse el luto porque sentía que era muy pronto, pero tenía que obedecer o no podría seguir estudiando.
Salió corriendo a preguntarle a Camelia a donde podría quedarse. El ama de llaves la miró con desaprobación al verla correr de esa manera, pero le indicó como llegar. Luego, subió hasta la alcoba que sería suya donde ya la esperaba Gertrudis.
― Gertrudis, tenemos mucho trabajo que hacer ―Le dijo rápidamente buscando entre sus maletas que ya habían llegado papel y pluma.
― ¿Trabajo? ―preguntó Gertrudis sentada en el taburete del tocador mientras se cepillaba el cabello.
― Sí, debemos encontrar a alguien que quiera pretender comprometerse conmigo para que mi abuela me deje ir a la escuela. Y cuando termine, terminaremos el compromiso y yo podré ser médico ―Dijo entusiasmada tomando asiento en el escritorio apresuradamente.
―Su abuela se molestará enormemente ―Abrió grandes los ojos Gertrudis horrorizada.
― No importa, ya será tarde para entonces ―Sonrió Catalina.
― Entonces revisemos a los candidatos ―Dijo Gertrudis sonriendo también.
Catalina comenzó a escribir mientras Gertrudis cerró con llave la habitación y procedieron a hacer la actividad más inusual de sus vidas. Aunque Gertrudis estuvo internamente contenta de ver a Catalina finalmente entusiasmada por algo después de tanto tiempo.







