Capítulo 2

― ¿Ha ido mal la visita al empresario canadiense? ―Preguntó su amigo Fernando Montesinos.

―No, ha ido muy bien ―Negó el pelinegro tomando asiento.

― ¿Por qué entonces luces cómo sino? ―Preguntó él.

― Bueno, he conocido una chica linda, aunque de mirada triste y no he sabido ni su nombre porque nos han interrumpido ―Respondió David resoplando.

―Pensé que después de Daisy Pennifold habrías cambiado de opinión sobre el número de chicas lindas que rondan tu vida ―Sonrió Fernando.

―He cambiado de opinión, lo de Daisy pasó hace mucho tiempo ya ―Explicó David ―Solo que, no lo sé, esta chica castaña llamó mi atención.

― ¿Qué hay de la condesa viuda? -Preguntó Fernando.

―Nada, empezamos a pasar tiempo juntos, pero me di cuenta que es una persona muy vacía ―Explicó David ―Y estoy enormemente cansado de este tipo de personas.

― ¿Te recuerdan a alguien en especial? ―Inquirió Fernando levantando las cejas.

―A mi madre ―Respondió David riendo ―Y a la mayoría de las mujeres que he frecuentado, es verdad. Aunque todas sabían que era temporal.

―Parece que la condesa no lo sabe ―Le advirtió Fernando.

―Se lo dije claramente, solo que ella no ha querido escuchar ―Explicó David ―De esa manera solo empeora todo.

―Pobre de ti, querido amigo ―Se burló Fernando sonriendo.

―Sí, pobre de mí. Preferiría ser más como tú y no tener estos problemas ―Rio David.

― ¿Casarte como yo? ―Preguntó Fernando divertido sabiendo que su amigo no pensaba realmente en el matrimonio.

―No, casarme no ―Respondió David riendo también.

―Eres el incasable, ¿Sabías? ―Volvió a burlarse su amigo.

―No me importa ―Respondió David divertido.

―Si supieras de todo lo que te pierdes ―Respondió Fernando ―Yo soy enormemente feliz con tu prima y con Fernandito. Tus tíos me han acogido como de su propia familia.

―Has tenido mucha suerte, amigo ―Respondió David ―Yo estoy bien así.

La realidad era que él no quería casarse porque tendría que librar una larga batalla con su familia de origen por el título nobiliario de su tío.

Ya que su tío no tuvo hijos propios y él era el mayor de sus sobrinos, a él le correspondía el título de duque. Sin embargo, sus propios padres no lo consideraban digno de ello. Preferían que su hermano menor tomara el título ya que era un hombre que hacía lo que ellos querían. David en cambio hacía lo que consideraba correcto, muy diferente a las creencias aristocráticas y de superioridad que ellos tenían. Por tanto, tenía años de no hablar con ellos y se alegraba enormemente de no hacerlo.

Por otro lado, cuando veía a su amigo feliz en su matrimonio con su prima Clara y su hijito Fernando, algo dentro de él se removía. Aunque todas las veces solo ignoraba ese sentimiento y seguía con su vida.

Cuando llegaron a su destino, David lamentó tener que irse rápido con su nuevo socio canadiense y su amigo. De otra manera habría tenido tiempo de esperar en el anden a que bajara la linda joven que había visto unas horas atrás. Sin embargo, negocios eran negocios y haciendo lo que debía se alejó en el carruaje buscando con la mirada fallidamente a la chica.

Catalina tomó el brazo que le ofrecía Emilio cuando bajó del tren y sin prestar mucha atención fue con ellos a la cafetería que el chico había elegido. Tomaron té, pastel y ella trató de seguir la conversación, pero el viaje la había dejado cansada, por lo que no prestó mucha atención a lo que hablaban.

―Leo, ¿Cómo estás? ―Preguntó Emilio contento levantándose de su asiento en la cafetería para saludar a un amigo que venía entrando y sacando a Catalina de sus pensamientos.

― ¡Emilio! Pero que gusto verte ―Respondió un joven alto, de cabello negro, lacio, de ojos azul turquesa con elegantes lentes, tes clara, y expresión amable que acrecentaba su guapura. Gertrudis codeó ligeramente a Catalina mientras miraba con ojos soñadores al recién llegado.

Ambos jóvenes se dieron la mano y un fraternal abrazo.

―Déjame presentarte a mi prima, la señorita Catalina Alcalá de la Alameda ―Presentó Emilio haciéndose a un lado para dejar ver a Catalina, quien se puso de pie y caminó hasta ellos.

―Señorita, encantado, soy Leonardo Zavala ―Saludó Leo extendiendo su mano para tomar la que le extendía Catalina y darle un beso en el dorso inclinándose caballerosamente hacia enfrente. Sin embargo, no quitó su mirada de encima de ella.

―El placer es todo mío ―Respondió ella reverenciando.

―Y ella es su dama de compañía, la señorita Gertrudis Benitez ―Presentó Emilio ahora a la otra chica quien también se acercó a ellos.

―Es un placer conocer a tan… elegante caballero ―Respondió Gertrudis dándole la mano para que Leonardo hiciera lo propio.

―¡Gertrudis! ―Gritó escandalizada Catalina.

No era propio de las mujeres hacer esa clase de cumplidos a caballeros que acababan de conocer y menos en un lugar público.

Gertrudis solo rio alegremente mientras que Emilio la miraba escandalizado.

―No se preocupe, señorita Alcalá, Emilio y yo somos grandes amigos de la escuela y tenemos la suficiente confianza ―Respondió Leonardo divertido.

―Sí, pero entre hombres, no con damas ―Reprendió Emilio mirando a Gertrudis.

―Ya, ya, no ha pasado nada ―Rio Leonardo ―En realidad me alaga que me diga elegante, señorita Benitez.

―Puede usted llamarme Gertrudis ―Sonrió coquetamente la chica.

―Creo que será mejor que nos vayamos ― Interrumpió Catalina al ver la actitud de su dama de compañía que era demasiado atrevida.

―Por favor, no se vayan por mi culpa, señorita Alcalá ―Pidió Leonardo sin dejar de sonreír ―Podemos platicar un rato todos juntos, hace mucho que no veo a mi querido amigo y me gustaría conocerlas a ustedes que son sus familiares.

―Prometo portarme bien ―Suplicó Gertrudis.

―Está bien, pero solo un rato porque mi abuela va a estar esperándonos ―Aceptó Catalina al ver a Gertrudis suplicar. Rodó los ojos pensando que nunca cambiaría, siempre tendría esas maneras tan directas de ser.

―Acompáñanos entonces a tomar algo, Leo ―Le invitó Emilio y todos tomaron asiento en la mesa que ya ocupaban.

―¿De dónde es usted, señorita Alcalá? ―Preguntó Leo mirándola muy interesado.

―De provincia, del mismo pueblo de donde es mi primo Emilio ―Respondió ella ―Pero puede usted llamarme Catalina, señor Zavala.

―Que amable es usted, señorita Catalina ―Sonrió él con ilusión, cosa que puso nerviosa a Catalina ―Usted puede llamarme Leo.

Apenas iba a responder Catalina cuando un empleado de corta estatura, vestido de negro, con sombrero en mano, de edad un poco avanzada y expresión enojada se acercó a ellos y los interrumpió.

―Disculpen que les interrumpa ―Dijo ― ¿Es usted la señorita Catalina Alcalá de la Alameda?

―¿Quién la busca? ―Preguntó inmediatamente Emilio de forma un poco defensiva.

―Soy Abelardo, empleado de su abuela, la señora Isidora Ortigoza viuda de Alcalá de la Alameda ―Se presentó ―Me ha enviado a acompañarla hasta su casa ya que se ha hecho tarde.

―Pero aún es de día ―Respondió Gertrudis.

―Exactamente, debemos llegar antes de que comience a oscurecer ―Respondió Abelardo mirándola fijamente.

―Bueno, entonces nosotras nos vamos ―Respondió Catalina poniéndose de pie.

―Las acompaño ―Se ofreció Emilio poniéndose de pie también.

―No, Emilio, quédate con tu amigo ―Se negó Catalina.

―Claro que no señorita Catalina ―Respondió Leo ―Yo buscaré en otro momento a mi amigo.

Procedió a despedirse de todos y retirarse mientras Emilio pagaba rápidamente la cuenta ya que Abelardo los apresuraba a irse. Cuando hubo pagado todo caminaron hacia la salida rápidamente para irse.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP