James entra en mi despacho, su cara de asombro no tiene precio. Ya no soy esa mujer que él conoció, como una vagabunda, ahora se ha encontrado con una mujer valiente, fría y poderosa.
Camino con paso ligero hasta la puerta y le digo:
—Buenas tardes, señor Campbell —extiendo mi mano.
—Buenas tardes, Mía —me saluda, estrechando mi mano.
—Si eres tan amable, prefiero que me llames por mi apellido, es Crawford —digo con firmeza.
—Estás preciosa.
—Ese comentario es inapropiado. ¿Cuál es el motivo de