Era de noche y su habitación estaba completamente a oscuras, pero eso no fue impedimento para discernir una figura que entraba en la misma.
—Márchese—dijo Arlet, enrollándose como una gatita perezosa en las sábanas.
—Lo estás esperando, ¿no es así?—preguntó una voz que no era la que ella se imaginaba.
La joven se enderezó rápidamente y encendió la lámpara, para poder ver con claridad la identidad de la persona que había osado a visitarla.
—No debería estar aquí—le advirtió a la mujer en un