BRONWYN
Tres meses después de la boda, por fin se me notaba el embarazo.
No, no una hinchazón ambigua ni una sensación de pesadez después de cenar, sino un embarazo genuino e inconfundible, con una barriga que me precedía en cada habitación y que hacía sonreír a desconocidos en el supermercado.
Los embarazos gemelares, al parecer, no pierden el tiempo.
Las náuseas matutinas, por suerte, habían disminuido alrededor de la semana dieciséis, reemplazadas por un apetito voraz que me sorprendía a dia