La defensa del proyecto de fin de carrera fue un jueves de febrero a las diez de la mañana.
Adrián me llevó. No lo había pedido. Simplemente bajó con las llaves del coche cuando yo estaba revisando los folios por cuarta vez y dijo que arrancábamos en diez minutos.
—No tienes que venir —dije.
—Lo sé —dijo—. Voy de todas formas.
No entró al aula. Se quedó en el pasillo con un café del bar de la facultad y el teléfono en silencio durante los cincuenta minutos que duró la presentación y la ronda de