Mundo ficciónIniciar sesión(Perspectiva de Nolan)
Si me hubieran dicho hace seis meses que un profesor titular de Derecho Mercantil terminaría siendo expulsado de un pasillo universitario por una estudiante de primer año, habría escrito un ensayo de cincuenta páginas sobre la decadencia del orden institucional. Pero ahí estaba yo, el martes por la mañana, apoyado contra una columna de mármol del ala este, con un café humeante en la mano y una sonrisa nerviosa que no me pertenecía, esperando a que el destino —o la suerte de los litigantes— me pusiera a Gemma de frente.
No era una estrategia legal, ni un movimiento táctico. Era, en esencia, un intento desesperado de hacer lo que Finnick me sugirió: ser humano, ser vulnerable y, sobre todo, ser lo suficientemente persistente para ser molesto.
La vi doblar la esquina poco antes de las ocho. Caminaba con paso firme, con esa postura altiva que adoptaba cuando intentaba que nadie notara que, por dentro, estaba a punto de colapsar. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, la transformación fue instantánea. Se detuvo en seco, como si hubiera visto a un fantasma o, peor aún, a un exnovio con el que preferiría no cruzarse jamás en la vida.
—Buenos días, Gemma —dije, tratando de sonar casual, aunque mi corazón golpeaba contra mis costillas como un alumno tratando de aprobar un examen final sin haber abierto el libro.
Ella ni siquiera me miró a la cara. Sus ojos recorrieron el espacio a mi lado, buscando una salida de emergencia que no existía.
—Profesor West —respondió con una frialdad que podría haber congelado el núcleo de la Tierra—. Si no tiene una clase que impartir, le sugiero que se retire. Algunos de nosotros tenemos una carrera que intentar salvar a pesar de las interrupciones.
—Ouch. Eso ha dolido más que una demanda por incumplimiento de contrato —dije, dando un paso lateral para bloquear su trayectoria, pero manteniendo una distancia respetuosa.
Ella suspiró con ese sonido de impaciencia que solo ella sabía emitir, ese que me hacía querer reír y llorar al mismo tiempo.
—Nolan, no estoy para juegos. Ni para explicaciones sobre besos espontáneos, ni para disculpas que llegan tarde, ni para tu nueva faceta de profesor acosador. Tengo una clase de penal en cinco minutos. Muévete.
—¿Acosador? Me ofende profundamente —repliqué, soltando una carcajada suave mientras me ajustaba la corbata con una elegancia fingida—. Digamos que soy un profesor con una vocación extrema por la resolución de conflictos. Y, de acuerdo con el artículo 4.2 del manual de "cosas que he estropeado y quiero arreglar", tengo derecho a una audiencia preliminar.
—No hay audiencia. No hay caso. El juicio se cerró ayer cuando vi tu pequeña sesión de cine en el pasillo —sentenció ella, dándome un empujón en el hombro con su bolso para que me apartara.
Tuve que retroceder para no perder el equilibrio, lo que claramente le dio la ventaja táctica. Empezó a caminar, y yo, por supuesto, empecé a seguirla como una sombra particularmente bien vestida.
—Daniela fue una emboscada, Gemma. Si supieras cuántas ganas tuve de demandarla por agresión física, te sorprenderías —intenté explicar, aumentando el ritmo para caminar a su lado.
—La agresión física no suele implicar lenguas, Nolan. Infórmate mejor sobre la legislación vigente —respondió ella sin girar la cabeza, acelerando el paso.
—Es un tecnicismo. Los tribunales son muy caprichosos con la interpretación de los hechos —dije, sintiendo que empezaba a sudar frío, no por el ejercicio, sino por lo patético que me estaba sintiendo—. Mira, te he traído un café. Es del sitio que te gusta, el que tiene los granos de Etiopía y esa nata que siempre pides.
—No quiero tu café —dijo ella, deteniéndose ante la puerta de su aula. Se giró hacia mí, y por fin pude ver sus ojos. Estaban llenos de una mezcla de rabia, decepción y algo más que no me atreví a nombrar.
—Está bien —respondí, bajando la guardia y bajando el tono de voz—. No aceptes el café. No aceptes las disculpas. Pero no me pidas que me vaya. Me he pasado la vida entera ganando casos, Nolan West, el invicto, el hombre de los contratos inquebrantables. Pero perderte a ti... eso no es algo que se pueda registrar en un expediente.
Ella se quedó en silencio un segundo. Por un momento, creí que iba a decir algo destructivo, algo que me obligaría a retirarme para siempre. Pero, en cambio, soltó una carcajada seca, desprovista de humor.
—Eres un idiota, Nolan. Un idiota de primera categoría. ¿De verdad crees que esto es una película? ¿Crees que un café y un discurso melodramático borran el hecho de que me has hecho sentir como si fuera una opción descartable desde el minuto uno?
—No te creo una opción. Te creo mi única prioridad. Y sí, soy un idiota. De hecho, tengo un máster en ser idiota. Pero estoy tratando de aprender una nueva materia: cómo dejar de arruinarlo todo contigo.
Ella me miró, evaluando mi rostro como si fuera un examen final. Suspiró, y aunque su expresión seguía siendo severa, vi cómo su hombro se relajaba un milímetro.
—Hoy no, Nolan. Y probablemente no mañana. Ni pasado. No sé cuándo, o si alguna vez, me va a dejar de importar el beso de ayer. Pero hoy no.
Se metió en el aula y, antes de cerrar la puerta, me miró una última vez.
—Por favor, deja de hacer el ridículo por los pasillos. Es humillante para ambos.
La puerta se cerró. Me quedé solo en el pasillo, con un café en la mano y la sensación de haber perdido la batalla, pero haber ganado una pequeña escaramuza. No me habían gritado, no me habían denunciado al decanato y, lo más importante, me había escuchado.
Me quedé allí, parado frente a la puerta, y una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro.
—No te preocupes, Gemma —susurré para mí mismo, dándole un sorbo a mi café—. Tengo todo el semestre por delante. Y tengo mucha, mucha paciencia cuando se trata de casos imposibles.
Caminé de regreso hacia mi despacho con paso ligero. Los alumnos que me cruzaban seguramente pensaban que me había vuelto loco: un profesor de derecho mercantil caminando por los pasillos a las ocho de la mañana con una sonrisa de idiota y un café de más. Pero no me importaba.
En el mundo de los contratos y las leyes, un primer acercamiento fallido es el fin de la demanda. Pero en el mundo real, cuando el resultado es la mujer que tiene el poder de ponerte de rodillas sin siquiera intentarlo, un "hoy no" es simplemente una forma elegante de decir "vuelve a intentarlo mañana".
Y eso era exactamente lo que iba a hacer. Mañana traería un libro. Quizás mañana le escribiría una nota que no hablara de derecho, sino de lo que realmente sentía. Quizás mañana encontraría la forma de hacerla reír, porque una mujer que ríe es una mujer que empieza a perdonar.
Me senté en mi despacho, abrí el código civil y, en lugar de leer el artículo 234 sobre obligaciones mercantiles, tomé una hoja en blanco y comencé a hacer una lista de cosas que le gustaban a Gemma. Tenía que ser creativo. Tenía que dejar de ser el Nolan West de siempre.
Tenía que ser divertido. Tenía que ser ligero. Tenía que demostrarle que, debajo de esta armadura de juez, había un hombre capaz de ser su aliado, su cómplice y, si la suerte me acompañaba algún día, su pareja.
—Profesor West —dijo una voz en la puerta. Era uno de mis asistentes—. ¿Está usted bien? Se le ve... distinto.
—Estoy perfectamente, Javier —dije, cerrando la lista y guardándola en mi cajón personal—. De hecho, me estoy preparando para el caso más difícil de mi carrera. Y creo que voy a ganar.
Javier me miró con cara de no entender nada, se encogió de hombros y se retiró. Yo me quedé mirando la ventana, viendo el campus empezar a vibrar con la vida de los estudiantes.
Esto no iba a ser un drama de Shakespeare, aunque a veces lo pareciera. Iba a ser una comedia de errores de la que yo aprendería a ser el protagonista menos trágico posible. Si ella quería que dejara de hacer el ridículo, lo haría. Bueno, quizás no del todo. Porque si tenía que hacer el ridículo cada día de la semana con tal de ver esa pequeña chispa en sus ojos que me decía que, muy en el fondo, todavía le importaba, entonces sería el bufón más feliz de todo el departamento de Derecho.
El juego estaba en marcha. Y esta vez, no habría contratos, no habría exclusividades y no habría distancias. Solo nosotros, el pasillo, y yo, esperando a que ella finalmente se diera cuenta de que, pase lo que pase, yo no me iba a mover de su lado.
Mañana, el plan sería distinto. Mañana, me aseguraría de que no tuviera más remedio que sonreír. ¿Un café? No, eso ya fue un fallo. ¿Flores? Muy cliché. ¿Algo relacionado con sus estudios? Quizás.
La sonrisa seguía en mi rostro mientras empezaba a preparar mi lección del día. Iba a ser una clase brillante, la más brillante de todo el año, solo para que, al terminar, ella tuviera que admitir, aunque fuera para sí misma, que el profesor West no solo sabía de leyes, sino que sabía cómo hacer que alguien volviera a creer en algo.
El camino era largo, el pasillo era estrecho y ella era la persona más terca que conocía. Pero yo era Nolan West. Y si algo había aprendido en todos estos años de carrera judicial, era que no hay caso perdido, solo estrategias mal ejecutadas.
Y yo acababa de empezar la mía.







