Capítulo 31: Entre el hielo y el fuego

 (Perspectiva de Nolan)

El destino tiene un sentido del humor que roza la crueldad más refinada. O eso pensaba yo, atrapado en el aula 4B de la facultad de derecho, con la puerta bloqueada por un fallo electrónico que ni siquiera el conserje, con toda su retórica de mantenimiento, había podido solucionar a tiempo. Éramos los últimos en el edificio. Las luces del pasillo se habían apagado, y el silencio de la universidad nocturna se sentía como una presencia física, una manta pesada que nos envolvía en la penumbra del aula vacía.

Gemma estaba de pie cerca de la ventana, con los brazos cruzados y la mirada perdida en las luces del campus. El aire acondicionado, configurado para las horas de clase, se había vuelto un enemigo sutil; la temperatura había bajado drásticamente, y el frío empezaba a calar hasta los huesos. Yo estaba sentado en una de las mesas de madera, observándola, con una mezcla de frustración y un placer prohibido que me hacía sentir como un adolescente.

—¿Es un plan tuyo, Nolan? —preguntó ella sin girarse. Su voz sonaba lejana, teñida por esa capa de hielo que se había convertido en su mecanismo de defensa habitual—. ¿Has saboteado la cerradura magnética para tener tu "audiencia preliminar" a puerta cerrada?

Solté una carcajada, aunque la situación distaba mucho de ser graciosa para mi ego profesional.

—Si tuviera el poder de sabotear los sistemas de seguridad de esta universidad para encerrarme contigo, te aseguro que no lo haría en un aula donde los pupitres están atornillados al suelo —repliqué con una sonrisa de lado—. Esto es simplemente la incompetencia burocrática en su máxima expresión. La ironía, mi querida Gemma, es que si alguien nos ve aquí mañana por la mañana, los rumores van a ser peores que cualquier beso en el pasillo.

Ella se giró entonces. Sus ojos brillaron bajo la luz mortecina de la salida de emergencia. Se veía cansada, pero esa fatiga solo resaltaba una belleza feroz que me cortaba la respiración.

—No me importa el qué dirán, Nolan. He pasado los últimos días intentando convencerme de que esto era un error, un espejismo fruto de mi falta de juicio —dijo, dando un paso hacia el centro del aula—. Pero hay algo que pareces olvidar sistemáticamente en tus juegos de poder: yo soy una mujer comprometida.

La palabra "comprometida" golpeó el aire como un disparo. Sentí una punzada de celos, afilada y real, que me recorrió el torso. Me puse de pie lentamente, sintiendo cómo mis botas resonaban en el parqué del suelo.

—Comprometida... —repetí, saboreando la palabra con una mezcla de desprecio y diversión—. Esa es una etiqueta, Gemma. Un título, una promesa, un papel firmado. Pero no es una verdad absoluta.

—Es mi vida, Nolan —respondió ella, endureciendo la mandíbula—. Y no es un contrato mercantil que puedas renegociar cuando te apetezca.

Me acerqué a ella, ignorando el espacio vital que todavía intentaba imponer. Estaba a un metro de distancia. Podía ver cómo su respiración se aceleraba.

—¿Tu vida? —susurré, con una voz que había perdido cualquier rastro de frialdad académica—. ¿La vida de la mujer que se perdía en mi cama, la que me pedía que le marcara el cuello, la que se entregaba a mí con una desesperación que no tiene nada que ver con ningún otro hombre? Perdona que me ría, pero mientras él te espera con un anillo, es a mí a quien buscas en la oscuridad. Tú eres mi mujer, Gemma. Siempre lo has sido desde el momento en que entraste en mi despacho.

—¡Cállate! —exclamó ella, retrocediendo un paso, pero chocó con el borde de una mesa—. No eres dueño de nada. Eres un hombre arrogante que no sabe perder.

—Arrogante, sí. Pero no estoy perdiendo —dije, sintiendo cómo mis propios celos empezaban a desbordar cualquier intento de cordura—. Estoy reclamando lo que me pertenece. Y si tengo que recordártelo cada noche hasta que ese hombre sea solo un mal recuerdo en tu expediente académico, lo haré.

Ella se alejó bruscamente, buscando refugio en la esquina más oscura del aula, donde el aire se sentía más gélido. Se abrazó a sí misma, temblando. El frío del edificio ya no era un problema técnico, era una realidad inclemente.

Al verla temblar, toda mi arrogancia se evaporó. La rabia, los celos y la necesidad de tener la razón quedaron en segundo plano ante la visión de su fragilidad. Sin pedir permiso, me quité la chaqueta de traje y caminé hacia ella. No se movió. La rodeé con la tela, sintiendo el calor residual de mi cuerpo impregnando su ropa.

—Tienes frío —dije, más cerca de lo que debería. Ella se tensó, pero no se apartó.

—No necesito tu lástima, Nolan.

—No es lástima. Es sentido común.

La abracé por detrás, cerrando la chaqueta sobre su pecho y apoyando mis manos en sus hombros. Podía sentir su corazón latiendo a mil por hora a través de la lana del saco. El contacto eléctrico que siempre existía entre nosotros se intensificó con el frío del aula; el contraste entre la temperatura ambiente y el calor de nuestros cuerpos creaba un vacío que solo pedía ser llenado.

Ella dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola contra mi hombro. Fue una rendición, una pequeña grieta en su armadura de hierro.

—¿Por qué no puedes dejarme en paz? —susurró, con una voz rota por el agotamiento—. Si me amaras de verdad, entenderías que lo mejor para ambos es que esto termine aquí.

—Si te amara de verdad, no dejaría que te alejaras ni un paso —repliqué, girándola suavemente para que quedara frente a mí.

La penumbra era casi total, solo iluminada por la luz azulada de la ciudad que entraba por el ventanal. Sus labios estaban entreabiertos, sus ojos brillando como brasas en la oscuridad. El mundo exterior no existía. No existía el prometido, no existían los reglamentos de la universidad, no existía el futuro. Solo éramos nosotros dos, atrapados en un aula fría, bajo el peso de un deseo que habíamos intentado sofocar en vano.

El aire entre nosotros se volvió denso, irrespirable. Ella levantó una mano, dudando un instante antes de apoyar sus dedos sobre el pecho de mi camisa, justo donde mi corazón golpeaba con una urgencia que no podía ocultar.

—Nolan... —la advertencia murió en sus labios cuando me incliné.

No fue un beso suave. Fue una colisión. Fue el resultado de semanas de privación, de orgullo herido y de la verdad que habíamos estado intentando ignorar desde el momento en que nos conocimos. Sus labios sabían a derrota y a victoria al mismo tiempo. La tomé de la cintura, atrayéndola contra mí con una fuerza que ella respondió enterrando sus manos en mi cabello.

Cada beso era una discusión sin palabras, una pelea donde el premio era el control que ambos habíamos perdido. Ella intentó alejarse, pero solo fue para volver a buscar mi boca con más desesperación. El frío del aula ya no importaba. El hecho de estar encerrados ya no era un problema, sino un escenario necesario.

Mientras la besaba, la reclamaba una y otra vez. Mis manos recorrieron su espalda bajo la chaqueta, atrayéndola hacia el calor de mi cuerpo, mientras mis pensamientos se perdían en una espiral de pura posesión. Ella era mía. Lo sabía ella, lo sabía yo, y en ese aula vacía, no había rastro de otros nombres ni de promesas falsas.

—Dímelo —murmuré contra su piel, bajando la cabeza hacia la curva de su cuello, sintiendo el aroma que se había convertido en mi propia perdición—. Dime que no quieres a nadie más. Dime que este anillo que llevas puesto no es nada comparado con lo que sientes cuando te toco.

Gemma soltó un gemido, un sonido que era mitad súplica y mitad rabia. Sus dedos se cerraron en la tela de mi camisa, obligándome a volver a besarla.

—Eres un demonio, Nolan —susurró entre besos—. Un demonio que no me deja respirar.

—Y tú eres la única mujer que me hace querer quemar el mundo —respondí, antes de volver a reclamar sus labios.

Nos hundimos en el beso, olvidando que estábamos en un aula de la universidad, olvidando que en pocas horas el conserje abriría esa puerta y la realidad volvería a golpearnos. Por ahora, el mundo se reducía a nuestras respiraciones entrecortadas, al roce de nuestra ropa en la penumbra y a la innegable verdad de que, por más que intentáramos huir, estábamos condenados a encontrarnos una y otra vez.

La chaqueta de mi traje caía al suelo, un despojo innecesario. Mis manos buscaban su piel, su calor, intentando memorizar cada curva, cada reacción, como si fuera la última vez que tendría la oportunidad de hacerlo. El frío seguía ahí fuera, pero aquí, entre los pupitres vacíos y las sombras, estábamos creando un incendio que ninguna norma administrativa, ninguna etiqueta de compromiso y ningún orgullo podría apagar jamás.

Sabía que cuando se abriera la puerta, tendría que luchar por ella como nunca antes. Tendría que ser más que un profesor, más que un abogado arrogante. Tendría que ser el hombre que ella merecía, el hombre que no le pediría explicaciones, sino que le daría razones para quedarse.

Pero eso sería mañana. Por ahora, en esta aula cerrada, solo éramos dos náufragos aferrados el uno al otro en medio de una tormenta que nosotros mismos habíamos provocado. Y mientras ella se aferraba a mí, sintiendo su calor contra el mío, supe con certeza absoluta que no saldríamos de aquí igual que entramos. La barrera se había roto, la tregua había terminado, y la guerra por su corazón apenas acababa de entrar en su fase más apasionada y peligrosa.

Besé su frente, luego su nariz, y finalmente sus labios, con una ternura que me asustó incluso a mí. La estreché con fuerza contra mi pecho, sintiendo cómo sus lágrimas, esta vez de pura liberación, mojaban la tela de mi camisa. No dijimos nada más. El silencio del aula ya no era una condena, era un testigo cómplice. Estábamos encerrados, sí. Pero, irónicamente, por primera vez en meses, nos sentíamos más libres que nunca. La puerta estaba bloqueada, pero los muros que nos separaban... esos, por fin, se habían derrumbado.

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