Capítulo 29: La confesión de las cenizas

 (Perspectiva de Nolan)

El aire de la noche era pesado, cargado con la humedad estancada de la ciudad, pero no tanto como el peso que sentía sobre mis pulmones. Las horas que siguieron al encuentro con Daniela en el pasillo transcurrieron en una bruma de furia gélida y remordimientos punzantes. Había intentado buscar a Gemma, recorrer cada rincón de la universidad, incluso esperar fuera de su edificio hasta que la madrugada se volvió gris, pero nada la trajo de vuelta a mi campo de visión. Se había esfumado, protegida por un muro de silencio que me resultaba impenetrable.

Esa noche, incapaz de estar solo en mi despacho rodeado de libros que de pronto carecían de sentido, llamé a Finnick. Necesitaba un ancla en la realidad, alguien que pudiera escuchar la magnitud de mi desastre sin juzgarme —o al menos, sin juzgarme más de lo que yo mismo lo hacía—. Nos citamos en un pequeño restaurante italiano al que solíamos ir, un local de manteles de cuadros y vino barato donde la privacidad estaba garantizada por el bullicio general.

Finnick ya estaba ahí cuando llegué, con una copa de tinto a medio terminar y esa mirada analítica que reservaba para cuando sabía que yo estaba a punto de confesar algo grave. Me senté frente a él, dejándome caer en la silla de madera con un suspiro que sonó a derrota.

—Te ves como si hubieras perdido un juicio importante, Nolan —dijo él, sin rodeos, señalando mi copa—. O como si hubieras cometido el error más grande de tu carrera.

—Ambas cosas —respondí, pidiendo al camarero lo más fuerte que tuvieran en la carta antes de siquiera mirar el menú—. He arruinado todo, Finnick. Absolutamente todo. Lo que intentaba salvar, lo que empezaba a comprender, lo que finalmente me atreví a reclamar... todo se ha hecho pedazos en menos de un segundo por un error estúpido.

Me sirvieron el trago de inmediato. Lo bebí casi de un solo golpe, permitiendo que el quemazón en mi garganta distrajera mi mente del vacío que sentía en el pecho. Le conté todo. Omití nombres, por supuesto, porque la discreción era el único escudo que le quedaba a ella, pero no me guardé ni un detalle de la escena en el pasillo. La aparición de Daniela, su ambición, el beso forzado, mi reacción violenta al apartarla y, sobre todo, la mirada de Gemma.

La mirada de Gemma. Aquella imagen se repetía en mi mente como una tortura medieval. La forma en que sus ojos, que habían sido mi refugio y mi infierno personal durante meses, se habían apagado al verme en aquella escena.

—No me vio como un hombre que estaba siendo agredido —expliqué, apoyando los codos sobre la mesa y ocultando el rostro entre las manos—. Me vio como un hipócrita. Un hombre que, horas antes, le prometía que no permitiría que nadie más la tocara, que le juraba en la penumbra que ella era mía, mientras al día siguiente aparecía frente a ella en el pasillo besándose con otra mujer.

Finnick escuchó en silencio durante todo el relato, con una paciencia que no esperaba. Solo cuando terminé, cuando el silencio se instaló entre nosotros con la densidad de una condena, él dejó la copa sobre la mesa y me miró con una seriedad impropia de él.

—Eres un idiota, Nolan. Un idiota brillante y arrogante, pero un idiota al fin y al cabo —dijo sin rastro de burla—. No por el beso. Sé que Daniela es una víbora y sé que probablemente te tomó desprevenido. Eres un idiota porque durante meses has construido una barrera de hierro entre tú y lo que sientes, y ahora, cuando finalmente decides cruzarla, te sorprendes de que el mundo exterior —es decir, la gente que no conoce tus guerras internas— malinterprete lo que está viendo.

—No se trata de malinterpretar —repliqué con amargura—. Se trata de que ella vio una traición. Y tiene razón. Es una traición a todo lo que habíamos pactado en esa enfermería. Prometí protegerla, proteger lo nuestro, y la puse en el centro del escenario para que fuera humillada por una mujer de mi pasado.

—Escúchame —Finnick se inclinó hacia adelante, captando toda mi atención—. Esta mujer, la que amas, no es tonta. Si se ha dejado llevar por lo que ustedes dos han construido, es porque sabe que en el fondo hay algo real. El problema no es el beso. El problema es que tú has mantenido a esa mujer en la sombra, en la duda, en un contrato sin exclusividad, en una lucha de poder constante. Cuando alguien vive en la duda, un solo incidente —como el beso de esa mujer— es la chispa que hace explotar todo el polvorín. Ella no vio una traición a un noviazgo; ella vio la confirmación de todos sus miedos sobre lo que tú pensabas de ella.

Las palabras de Finnick me golpearon con una claridad devastadora. Tenía razón. Había pasado meses diciéndole que no éramos exclusivos, recordándole las reglas, manteniendo una distancia de seguridad que ella había interpretado —correctamente— como una falta de compromiso real. Cuando Daniela me besó, no solo vio una infidelidad; vio el recordatorio de que ella nunca había tenido garantizado nada.

—Entonces, ¿qué hago? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta—. Ella no me habla, no responde, y dudo que vuelva a entrar a mi aula sin que el ambiente se vuelva tóxico. He perdido el control, Finnick. Y por primera vez, no tengo una estrategia legal para recuperar el terreno.

—Deja de intentar controlar —respondió mi amigo, sirviéndome otra copa—. Esa ha sido siempre tu maldita obsesión, Nolan. El control es para los casos judiciales, no para el amor. Si quieres recuperar a esa mujer, tienes que dejar de ser el profesor de derecho y empezar a ser el hombre que le prometió que no la dejaría casarse. ¿Te acuerdas de eso?

—Lo recuerdo perfectamente.

—Pues ahí tienes tu hoja de ruta. No le pidas explicaciones, porque las explicaciones suenan a excusas. No intentes justificar el beso. Si vas a ella, ve para aceptar la culpa, para admitir que tu orgullo fue tu peor enemigo, y para decirle que, pase lo que pase, no vas a permitir que se pierda en una vida que no quiere vivir. Tienes que ser vulnerable, hermano. Por primera vez en tu vida, tienes que quitarte la toga y mostrarle tus heridas.

Pasamos el resto de la noche discutiendo planes que, en el fondo, sabía que eran inútiles. Finnick me animó, me habló de su propia relación, de lo difícil que había sido al principio ceder el control y admitir que alguien más tenía el poder de destruirte. Me hizo ver que mi miedo a la vulnerabilidad no era una señal de fortaleza, sino un síntoma de mi propia inseguridad.

—Nolan —dijo él antes de que nos despidiéramos en la puerta del restaurante—, no te estoy diciendo que será fácil. Probablemente te cierre la puerta en la cara, te grite o te ignore por semanas. Pero si de verdad la amas, el mayor error que puedes cometer ahora es alejarte por miedo a otro rechazo. Ella ya te ha visto en tu peor momento. Lo único que queda es que te vea en tu momento más honesto.

Me quedé parado en la acera, viendo cómo se alejaba el coche de Finnick, sintiendo el peso de sus palabras. La noche estaba fresca, el bullicio de la ciudad empezaba a disminuir y, por primera vez en semanas, el silencio dentro de mi cabeza no era una tortura, sino una oportunidad.

Había pasado toda mi vida estudiando leyes para predecir el comportamiento humano y prevenir el caos. Pero, como bien había dicho Finnick, la vida —y mucho menos el amor— no sigue los reglamentos del derecho mercantil. El amor no es un contrato ejecutable. Es una apuesta. Es el riesgo de ser herido, de ser juzgado, de ser rechazado, y aun así, decidir que vale la pena presentarse cada día para demostrarle al otro que, a pesar de los errores y las apariencias, la promesa sigue en pie.

Regresé a mi apartamento, pero no pude dormir. Me pasé la noche recorriendo mis libros, mis apuntes, sintiendo que todo aquello era cartón piedra. Lo único que importaba era la mañana siguiente. Tenía que encontrarla. Tenía que dejar de ser el profesor que exigía respeto y convertirme en el hombre que pedía perdón.

Entendí que el beso de Daniela no había sido un final; había sido una prueba. Una prueba para ver si mi compromiso con ella era lo suficientemente fuerte como para sobrevivir a las apariencias. Había fallado la primera parte, eso estaba claro. Pero aún tenía la oportunidad de salvar el capítulo final.

Me serví un último café mientras el cielo comenzaba a tornarse de un tono azul acero. El edificio en el que ella vivía, las calles que rodeaban la universidad, el decanato... todo iba a ser el escenario de mi batalla personal. Y si tenía que derribar cada puerta de esa institución para que ella escuchara mi verdad, estaba listo para hacerlo.

No más reglas. No más contratos. No más torres de marfil. Si el amor era un caos, entonces empezaría a vivir en el centro de la tormenta. Finnick tenía razón: amar no es controlar el resultado, es aceptar el riesgo de perderlo todo por la remota posibilidad de ganarlo todo. Y ella era mi todo. Mañana, antes de que el sol volviera a ponerse, ella sabría, más allá de cualquier duda razonable, que no había otro hombre, ni otro pasado, ni otra vida en la que yo quisiera estar.

La decisión estaba tomada. El juicio final no sería en un tribunal, sino frente a ella, desnudo de defensas y preparado para aceptar cualquier veredicto que tuviera para darme.

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