Mundo ficciónIniciar sesión(Perspectiva de Nolan)
La mañana del viernes se levantó con un sol pálido que apenas lograba disipar la neblina acumulada sobre los jardines principales del campus universitario. Después de la noche en vela en el bar *The Grid* y de la charla reveladora con Finnick, mi mente era un engranaje a punto de fundirse por exceso de fricción. Había tomado una decisión: las dudas se habían terminado, los códigos y las excusas habían quedado atrás. Tenía la firme intención de buscar a Gemma en cuanto terminara mi primera clase de la mañana, hablar con ella sin máscaras y comenzar a demoler los obstáculos que nos separaban. Sin embargo, el destino, en su versión más irónica y destructiva, tenía reservada una jugada completamente distinta.
Eran las nueve y media cuando abandoné el aula magna tras finalizar mi cátedra de Derecho Mercantil. Mientras caminaba por el pasillo central en dirección a mi despacho, con los expedientes bajo el brazo y la cabeza ocupada en planificar los próximos pasos, una silueta elegante interrumpió mi camino de manera imprevista.
—Buenos días, Nolan. Veo que el tiempo no ha mitigado tu manía de caminar como si fueras el dueño del decanato —una voz femenina, pulida, ligeramente sarcástica y perfectamente conocida, resonó a pocos metros de mí.
Me detuve en seco. Frente a mí, apoyada contra los paneles de madera del pasillo, estaba Daniela.
Daniela había sido mi compañera en el comité de posgrados y, durante un breve y caótico periodo del año anterior, algo parecido a una pareja estable antes de que decidiera aceptar un traslado de un año a otra universidad en el extranjero. Era una mujer brillante, hermosa, segura de sí misma y dotada de una ambición tan fría como la mía en mis peores momentos. Su regreso al campus estaba previsto para el próximo mes, pero al parecer los plazos se habían adelantado.
—Daniela —dije, intentando ocultar la sorpresa y la contrariedad que me produjo verla allí en ese preciso instante—. ¿Qué haces aquí? Dijiste que tu incorporación al departamento sería a principios de septiembre.
—Decidí adelantar el vuelo. Quería dar una sorpresa a los viejos colegas... y especialmente a ti, Nolan —respondió ella con una sonrisa felina, dando un par de pasos hacia mí hasta acortar la distancia de manera invasiva—. He notado tu mensaje de la semana pasada muy escueto. Quería comprobar en persona si seguías siendo el mismo profesor frío de siempre o si el tiempo me había extrañado un poco.
—Daniela, no estoy de humor para juegos —repliqué con sequedad, retrocediendo un paso para marcar distancia y mirando de reojo el extremo del pasillo—. Tengo el tiempo justo entre clase y clase. Si has venido a hablar de asuntos del departamento, mi despacho está abierto, pero ahora mismo debo hacer algo importante.
—¿Algo importante? ¿O a alguien importante? —inquirió ella, arqueando una ceja con una mezcla de diversión y sospecha, habiendo captado perfectamente la urgencia en mi tono—. Vamos, Nolan. ¿Desde cuándo te pones tan nervioso por una simple visita? Recuerdo tiempos en los que no te importaba en absoluto el reloj cuando estábamos juntos.
Dio otro paso hacia adelante, invadiendo mi espacio vital con una familiaridad que antes me resultaba indiferente pero que ahora, con la imagen de Gemma grabada a fuego en mi mente, me resultaba profundamente molesta. Intenté esquivarla, girando ligeramente el cuerpo para rodearla, pero Daniela fue más rápida.
Con un movimiento calculado, estiró una mano, agarró con firmeza la solapa de mi chaqueta y tiró de mí hacia ella. Antes de que pudiera apartarla o articular una advertencia formal, se puso de puntillas y estampó sus labios contra los míos en un beso que pretendía ser una reivindicación de un pasado que ya estaba muerto y enterrado.
El contacto fue tan inesperado como indeseado. Mi cerebro tardó una fracción de segundo en procesar lo que estaba ocurriendo, y en cuanto la repugnancia y la furia me recorrieron la sangre, alcé las manos con brusquedad para apartarla de un empujón seco.
—¿Qué demonios te pasa, Daniela? —escupí las palabras con rabia, sacudiéndome la chaqueta como si estuviera manchada de veneno, mientras daba un paso atrás.
Daniela retrocedió tambaleándose ligeramente, con los ojos abiertos de par en par, sorprendida por mi reacción violenta y por el desprecio evidente en mi voz.
—Vaya... con que era verdad lo que se rumorea por los pasillos —murmuró ella, recuperando la compostura con una sonrisa amarga y venenosa mientras cruzaba los brazos—. El gran profesor West ha encontrado un nuevo juguete por el que perder la cabeza. No me digas que...
No la dejé terminar la frase. Un mal presentimiento, una punzada helada en la base de la nuca, me hizo girar la cabeza de golpe hacia el extremo opuesto del pasillo, donde convergen las escaleras principales y los pasillos de las aulas de primer año.
Mi corazón dio un vuelco absoluto y se desplomó en el abismo.
A menos de diez metros de distancia, detenida junto a la columna de mármol que marcaba la entrada a la zona de secretaría, estaba Gemma.
Llevaba puesta la blusa clara que tanto le gustaba, con el pelo suelto cayendo sobre los hombros y los libros de la materia apretados contra el pecho como si fueran un escudo protector. Estaba acompañada por un par de compañeros de clase que la miraban con preocupación, pero ella no los veía. Sus ojos —unos ojos que habían estado cargados de fuego, de deseo, de entrega y de dolor durante las últimas semanas— estaban fijos en mí. Eran pozos vacíos, cristales rotos que reflejaban la escena exacta que acababa de presenciar: el profesor de derecho mercantil, el hombre que la noche anterior le había prometido el mundo en la enfermería, separado apenas por unos centímetros de su antigua colega tras un beso que todos en el pasillo habían interpretado a la perfección.
—Gemma... —murmuré, con la voz atrapada en la garganta, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies.
Di un paso al frente hacia ella, extendiendo la mano en un gesto desesperado de súplica, desesperado por explicarle que aquello no había significado nada, que Daniela me había tomado por sorpresa, que mi única verdad seguía estando en su nombre.
Pero Gemma no se movió. No gritó, no lloró, no mostró la furia volcánica que caracterizaba sus reacciones anteriores. Simplemente me miró con una frialdad absoluta, una distancia infinitamente mayor que la muralla de reglas que yo mismo había construido semanas atrás. En su mirada vi el punto de quere definitivo, la certeza silenciosa de que cualquier promesa que yo hubiera hecho ya no valía absolutamente nada.
Un segundo después, giró sobre sus talones con una lentitud glacial. Dio media vuelta, ignorando las llamadas de sus compañeros, y comenzó a caminar en dirección contraria, alejándose a pasos firmes por el pasillo hasta desaparecer tras la esquina de los ascensores.
—Nolan... ¿quién era esa? —preguntó Daniela a mi lado, con un tono de fastidio al notar que la había dejado hablando sola.
—Vete al infierno, Daniela —le espeté con una voz tan helada que hizo que ella retrocediera de verdad.
No esperé su respuesta. Eché a correr por el pasillo, ignorando las miradas atónitas de los alumnos que se cruzaban a mi paso, con el eco de mis propios errores resonando en mis oídos como una sentencia de muerte. Había querido jugar con fuego, había querido proteger mis reglas, y en un solo segundo de descuido, acababa de quemar lo único que realmente amaba.







