El trayecto en coche hasta el apartamento de Gemma fue un ejercicio de silencio absoluto. La ciudad pasaba a través de las ventanillas convertida en un desdibujado río de luces nocturnas mientras ella permanecía en el asiento del copiloto, con la mirada perdida en el horizonte oscuro y las manos cruzadas sobre el regazo, inmóvil como una muñeca de porcelana rota. El alta en la enfermería había sido rápida: la enfermera dictaminó agotamiento extremo, sugirió reposo absoluto y le recetó un par de días libres de clases. Yo me había limitado a firmar los formularios de salida con una caligrafía firme, a cargar con su bolso y a llevarla directamente hasta mi todoterreno, sin permitir que nadie más se acercara a ella.
Cuando estacioné frente a su edificio, el motor se apagó con un suspiro metálico que resonó en el garaje subterráneo. Me bajé de inmediato, rodeé el vehículo y abrí su puerta con la misma delicadeza con la que se maneja algo frágil que temes que se desintegre al menor contacto. Ella caminó a mi lado por el pasillo y subió en el ascensor sin pronunciar una sola sílaba. Ni una queja, ni un reproche, ni un agradecimiento. Su silencio era una muralla de hielo que me pesaba en los hombros más que cualquier condena judicial.
La ayudé a entrar en su apartamento, encendí la lámpara de la entrada y la conduje hasta el sofá de la sala. Ella se dejó caer en los cojines con los ojos cerrados, con el rostro todavía pálido y la respiración contenida.
—Descansa, Gemma —le pedí en un tono de voz inusualmente suave, apoyando una mano en el respaldo del sofá—. Mañana no vayas a la facultad. Voy a encargarme de que tengas la baja médica justificada en el decanato. No te preocupes por nada de eso.
Ella abrió lentamente los ojos, me miró con una mezcla de cansancio infinito y una lejanía que me desgarró por dentro, pero no dijo nada. Se limitó a asentir con un movimiento imperceptible de la cabeza antes de girarse hacia el respaldo, dándome la espalda.
Comprendí que mi presencia allí, en ese momento, solo servía para prolongar su tensión. Necesitaba procesar el colapso, el miedo y la tormenta que habíamos desencadenado. Así que retrocedí en silencio, cerrando la puerta de su apartamento con un chasquido suave, y bajé de nuevo a las calles de la ciudad, sintiendo que el aire nocturno me quemaba los pulmones.
No quería volver a mi apartamento. Las cuatro paredes de mi estudio, llenas de códigos, expedientes y silencios estrictos, se habían vuelto asfixiantes. Necesitaba ruido, un estímulo externo, cualquier cosa que me distrajera del eco constante de su nombre en mi cabeza. Conducí sin rumbo fijo durante veinte minutos hasta que aparqué frente a
The Grid, un bar de atmósfera sobria, paredes de ladrillo visto y luces tenaces de neón ámbar, frecuentado por profesores universitarios y abogados que buscaban ahogar el estrés de la semana en un vaso de bourbon.
Me senté en una de las esquinas de la barra de caoba oscura, pidiendo un trago doble sin hielo. El local estaba animado pero no abarrotado, lo que permitía mantener conversaciones privadas sin el bullicio de las grandes discotecas.
—Vaya, vaya. Si es el hombre más estricto del departamento de derecho mercantil tomando alcohol fuerte un jueves por la noche. ¿A qué se debe el milagro, profesor West? —una voz familiar, socarrona y cálida resonó a mi lado.
Giré la cabeza y vi a Finnick, mi mejor amigo desde los tiempos de la universidad y el único ser humano en este planeta capaz de soportar mi carácter sin salir huyendo despavorido. Llevaba una chaqueta de cuero sobre una camisa oscura y una sonrisa divertida plantada en el rostro mientras tomaba asiento en el taburete contiguo al mío.
—Déjate de estupideces, Finnick —repliqué, dando un trago largo a mi vaso y sintiendo cómo el líquido quemaba mi garganta—. No estoy de humor para tus bromas de bar.
Finnick chasqueó la lengua, pidiendo una cerveza al camarero con un gesto rápido, antes de volverse hacia mí con una expresión que alternaba entre la burla y la genuina curiosidad.
—Vaya, la cosa es seria entonces. ¿Qué ha pasado? ¿Te han reprobado un caso en el tribunal supremo, o algún alumno brillante ha decidido hacer añicos tu sagrado programa de estudios?
Me quedé en silencio unos segundos, mirando el ámbar de mi vaso reflejado en la madera. Durante años habíamos compartido secretos, debates legales y confidencias de todo tipo, pero esto... esto era un terreno completamente nuevo. Sin embargo, el peso que llevaba en el pecho era tan insoportable que necesitaba soltarlo, aunque fuera en forma de acertijo.
—Digamos que el programa de estudios ha sufrido una modificación estructural que no figura en ningún código civil —murmuré, frotándome la nuca con frustración—. Y que el profesor ha perdido por completo el control de la materia.
Finnick soltó una carcajada corta y sacudió la cabeza, dándole un trago a su cerveza.
—Bueno, hombre, a todos nos llega el momento de la bancarrota emocional. Hablando de cambios estructurales... a propósito, tengo que darte una noticia. He estado un poco desaparecido estos días porque he tomado una decisión importante —dijo Finnick, y en su rostro apareció una sonrisa genuina, luminosa, que contrastaba violentamente con la oscuridad de mi propia tormenta—. Me voy a casar.
Me quedé congelado con el vaso a medio camino de los labios. Parpadeé un par de veces, intentando procesar la información, mientras un remolino de ironía cruel me golpeaba el estómago.
—¿Qué? —pregunté, sintiendo que la palabra salía de mi boca con una pesadez extraña—. ¿Te vas a casar?
—Sí, hermano. Ya era hora, ¿no te parece? —respondió Finnick con un brillo de orgullo y felicidad en los ojos, frotándose las manos—. Encontré a la mujer indicada. Es inteligente, hermosa, me vuelve loco y... bueno, digamos que logré convencerla de dar el gran paso. Tenemos los planes avanzados. Espero que estés preparado para ser mi padrino de bodas, porque no acepto un no por respuesta.
La ironía del destino era tan perfecta que rozaba lo grotesco. Mi mejor amigo estaba allí, celebrando su compromiso con la ilusión intacta, mientras yo me ahogaba en la culpa y la desesperación por una mujer que estaba atrapada exactamente en la misma dinámica: un compromiso inminente, un anillo que pesaba como una condena y una boda planeada sobre cimientos de mentira.
Me obligué a estirar los labios en una mueca que pretendía ser una sonrisa y le extendí la mano libre.
—Felicidades, Finnick. De verdad —dije, y aunque las palabras me sabían a ceniza, el afecto por mi amigo era real—. Me alegro por ti. Supongo que encontrar a la persona correcta lo cambia todo, ¿no? Y... espero conocerla pronto.
—Claro que sí, te la presentaré en cuanto organicemos una cena formal —respondió él estrechándome la mano con firmeza—. Aunque, volviendo a ti... te noto extrañamente pensativo. Y no me digas que es por el trabajo. Conozco esa cara de frustración contenida. ¿Quién es la infeliz que ha logrado romper la coraza de hierro del gran Nolan West?
Miré fijamente el fondo de mi vaso vacío antes de responder. No iba a dar nombres. Proteger la identidad de Gemma, su reputación en la facultad y su frágil situación actual era una norma sagrada que no pensaba romper, ni siquiera con mi mejor amigo. Pero necesitaba hablarlo con alguien, necesitaba vaciar el veneno antes de que terminara por asfixiarme.
—No hay nombre, Finnick —dije en voz baja, inclinándome sobre la barra para acercarme a él—. Supongamos que... supongamos que me enamoré.
Finnick se quedó boquiabierto. La cerveza se detuvo a medio camino de su boca, y sus ojos se ensancharon con una mezcla de absoluta incredulidad y burla contenida.
—¿Tú? ¿Nolan West, el hombre que dictaba conferencias sobre la absoluta prescindencia de los sentimientos en los contratos mercantiles, me está diciendo que se ha enamorado? —soltó una carcajada estridente que hizo que un par de clientes de la mesa de al lado se giraran a mirarnos—. Por Dios, Nolan, ¿te has golpeado la cabeza con un código civil o te han echado algo en el bourbon?
—No es broma, Finnick —repliqué con la mandíbula tensa, fulminándome con la mirada para que bajara el tono de voz—. Estoy hablando en serio. Es una mujer... es una alumna. Y para empeorar las cosas, tiene compromisos previos. Está atada a otra persona, a una vida que no le pertenece, y yo... yo me he encargado de arruinarlo todo intentando mantener el control. La he empujado al límite, al punto de que su cuerpo ha colapsado hoy mismo por el estrés de esta locura.
La sonrisa burlona desapareció lentamente del rostro de Finnick. Al ver la seriedad sombría y la desesperación contenida en mis ojos, supo que no estaba exagerando. Dejó el vaso de cerveza sobre la barra con suavidad, se cruzó de brazos y me miró con una seriedad que pocas veces le veía.
—Vaya. Así que estamos hablando de un triángulo amoroso de película trágica, con el profesor estricto, la alumna atrapada y un prometido que no tiene la menor idea de que su mundo está a punto de derrumbarse —murmuró Finnick, sopesando cada palabra—. ¿Y qué piensas hacer, Nolan? ¿Vas a dejarla marchar, cumplir con las normas de la decencia académica y ver cómo se casa con otro para mantener tu estúpida reputación intacta?
—Quise hacerlo —admití, sintiendo un nudo amargo en la garganta—. Le dije que no teníamos exclusividad. Me escudé en las reglas, en los contratos, en la distancia. Quise creer que podía controlarlo todo. Pero cuando la vi desmayarse hoy en el pasillo... cuando sentí que podía perderla frente a una vida de mentiras que ella misma detesta, entendí que ya no me importa nada de eso. No voy a dejar que se case con él.
Finnick guardó silencio durante unos segundos. El ruido ambiental del bar —las risas lejanas, el tintineo de los vasos, la música suave de fondo— parecía ocurrir en otro universo. Finalmente, soltó un suspiro profundo, estiró el brazo y me dio un fuerte apretón en el hombro.
—Escúchame bien, hermano —dijo Finnick con voz firme, mirándome directamente a los ojos—. Yo me voy a casar, y sé lo que se siente estar seguro de la persona que tienes al lado. Si ella siente lo mismo por ti, si de verdad se aman en medio de este caos absurdo que han montado, entonces las reglas, los contratos y las opiniones de la facultad no importan una m****a.
Hizo una pausa, dándole más peso a sus palabras.
—Si de verdad la amas, Nolan, no te quedes sentado esperando a que otro tome tu lugar. Lucha por ella. Rompe todas las reglas que tengas que romper, quema los códigos si es necesario, pero no dejes que se vaya. Porque el mayor arrepentimiento en esta vida no es cometer errores por amor, sino tener el valor de amar y acobardarse a mitad del camino.
Las palabras de mi amigo resonaron en mi cabeza como un martillo sobre el yunque. Cada sílaba encajaba perfectamente con la promesa que yo mismo le había hecho a Gemma en el silencio de la enfermería. No había vuelta atrás. Había cruzado la línea de no retorno, y la única salida posible era seguir avanzando, cueste lo que cueste y caiga quien caiga.
—Gracias, Finnick —murmuré, levantando mi vaso para brindar con el suyo en un gesto mudo de complicidad.
—De nada, idiota —respondió él con una media sonrisa, chocando su vaso contra el mío—. Ahora, ve a arreglar tu desastre antes de que sea demasiado tarde. Y recuerda que soy tu padrino de bodas, así que espero que algún día me devuelvas el favor.
Pagué la cuenta, salí del bar y subí de nuevo al todoterreno. La noche estaba avanzada, pero mi mente estaba más lúcida y decidida que nunca. El juego de las reglas había terminado. Era el momento de escribir el capítulo final, y esta vez, lo haríamos a nuestra manera.