El agua de la bañera comenzaba a enfriarse, perdiendo poco a poco el calor humeante que nos había recibido apenas una hora atrás, pero ninguno de los dos parecía tener la intención de levantarse. La suite del hotel ofrecía un baño amplio, de diseño minimalista y paredes de piedra oscura, donde la gran tina redonda se convertía en el único refugio posible frente a las exigencias del mundo exterior.
Yo estaba sentada entre sus piernas, con la espalda firmemente apoyada contra su pecho desnudo. Los músculos de Nolan eran una estructura sólida y cálida que me servía de anclaje, un soporte perfecto que borraba cualquier rastro de cansancio físico. Sus brazos me rodeaban la cintura, y sus manos descansaban con una posesión natural sobre mi vientre, trazando círculos lentos y perezosos sobre mi piel bajo el agua.
Durante un buen rato habíamos estado hablando de cosas triviales, de temas inconexos que en otro contexto nos habrían parecido absurdos: las manías de algunos alumnos en la facultad, los libros de derecho mercantil que él detestaba corregir y las anécdotas más insólitas de mi infancia. Era una conversación extraña, casi impropia de dos personas cuya relación se había construido sobre la transgresión, el caos y la urgencia sexual. Por primera vez, no había gritos contenidos, ni advertencias severas, ni miradas de reproche. Solo éramos nosotros, flotando en un paréntesis temporal donde las reglas del exterior no tenían jurisdicción.
—A veces pienso que estás intentando descifrarme como si fuera uno de tus casos más difíciles, profesor West —murmuré, dejando que mi cabeza recayera pesadamente contra su hombro, sintiendo el aroma limpio de su piel mezclado con el vapor del agua.
Nolan soltó una risa baja, un sonido grave que vibró directamente en mi espalda, recorriéndome la columna vertebral como una descarga eléctrica contenida.
—No necesito descifrarte, Gemma —respondió su voz, ronca y cercana a mi oído—. Los casos difíciles requieren un análisis objetivo y distancia emocional. Tú eres exactamente lo opuesto: una variable que destruyó todas mis ecuaciones desde el primer día, y lo único que quiero hacer no es entenderte, sino comprobar hasta dónde eres capaz de resistir.
Mientras hablaba, sus manos no se mantuvieron quietas. Deslizó los dedos hacia arriba desde mi vientre, recorriendo con una lentitud deliberada el contorno de mis costillas hasta alcanzar mis pechos, que flotaban semisumergidos en el agua. Comenzó a masajearlos con una suavidad experta, pellizcando ligeramente los pezones entre sus dedos mientras el agua tibia se movía al ritmo de sus caricias. Un gemido involuntario escapó de mi garganta, y mi cuerpo se arqueó de inmediato contra su pecho, buscando un contacto más profundo.
—Hablando de resistencia... creo que tu teoría sobre el descanso está fallando, Nolan —bromeé con un hilo de voz, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba de nuevo.
—El descanso es para cuando estemos muertos o separados, y ninguna de las dos opciones está en nuestros planes actuales —replicó con una seriedad fingida que me hizo sonreír.
En un movimiento fluido, decidido a cambiar la dinámica, me giré por completo dentro de la tina. Pasé mis piernas a los lados de sus caderas y me acomodé frente a él, enredando mis brazos alrededor de su cuello para acercarlo a mi rostro. No esperé a que hablara; lo besé con una mezcla de hambre y complicidad, saboreando el rastro de la noche anterior y la intensidad de este nuevo momento.
Nolan no desaprovechó el cambio de postura. En cuanto sintió mi peso sobre su regazo, sus manos se cerraron con firmeza en mi cintura, levantándome ligeramente para ajustarme mejor a su cuerpo. Aprovechando la posición, bajó la boca hacia mi pecho. Sumergió medio rostro en el agua antes de atrapar uno de mis pechos con los labios, succionándolo con una intensidad voraz que me arrancó un jadeo agudo y ahogado. El contraste entre el agua fría de la superficie y el calor abrasador de su boca me hizo temblar de pies a cabeza. Mis dedos se enredaron con fuerza en su cabello revuelto, tirando de él, empujándolo hacia mí mientras el agua salpicaba los bordes de la porcelana con un sonido rítmico.
—Nolan... Dios, Nolan... —balbuceé, perdiendo la ilusa compostura que intentaba mantener.
Él levantó la vista, con los ojos oscurecidos por el deseo, brillando en la penumbra del baño. Sin apartar sus manos de mis muslos, me indicó con un gesto de la barbilla que nos moviéramos hacia el borde de la tina. La superficie inclinada y el espacio reducido no eran los más cómodos, pero para él eso era simplemente un reto físico más que superar.
Me ayudó a ponerme de rodillas en el fondo de la tina, dándome la vuelta mientras apoyaba mis manos contra el borde de piedra mojada. El agua escurría por nuestra piel, creando un escenario resbaladizo y cargado de una tensión tan palpable que rozaba lo insoportable. Nolan se incorporó parcialmente tras de mí, ajustando su cuerpo al mío con una precisión milimétrica.
Sin mediar palabra, con una autoridad que me dejó sin respiración, me penetró de un solo golpe firme y profundo.
Un grito desgarrador, mitad sorpresa y mitad puro éxtasis, escapó de mis labios y rebotó contra los azulejos del baño. No fue un grito de dolor; fue la exclamación visceral de un cuerpo que reconocía el impacto exacto de lo que necesitaba. La combinación del agua tibia, la fricción del movimiento y la fuerza implacable con la que él comenzó a embestirme desde atrás destruyó cualquier resto de racionalidad que quedara en mi mente.
—¿Te gusta así, Gemma? —preguntó su voz, ronca, rozando mi oreja, mientras sus manos se aferraban a mis caderas con una fuerza brutal, dictando un ritmo que no admitía pausas ni contemplaciones—. Dime si te gusta.
—¡Sí!... ¡Sí, me encanta, Nolan, no pares! —grité sin importarme el volumen, sin importarme si alguien en el pasillo del hotel podía escucharnos, sin importarme absolutamente nada más que la fricción de su cuerpo contra el mío.
El ritmo se volvió salvaje, implacable. Cada embestida era más dura, más profunda, sacudiéndome por completo y haciéndome sollozar de placer contra el borde de piedra. Sus manos recorrían mis muslos, apretándome con marcas invisibles que sabía que perdurarían al día siguiente, mientras sus caderas golpeaban contra las mías en una cadencia perfecta, casi mecánica, que aceleraba mi pulso hasta el límite del colapso.
El agua de la tina salpicaba con fuerza contra el suelo con cada uno de sus movimientos, convirtiendo el baño en un caos de vapor, gotas y respiraciones agitadas. Yo me aferraba al borde de piedra con los nudillos blancos, arqueando la espalda cada vez que él encontraba ese ángulo exacto que me hacía ver destellos blancos detrás de los párpados cerrados. Era una posesión absoluta, un recordatorio físico de que, a pesar de las reglas, de la universidad, de Finn y de la distancia, en ese momento yo le pertenecía por completo.
El clímax me golpeó como un maremoto, una descarga de energía que me recorrió desde la base de la columna hasta la punta de los dedos, haciéndome gritar su nombre en un eco prolongado. Sentí cómo mis paredes internas se contraían alrededor de él con violencia, y ese espasmo fue la chispa que detonó el suyo propio. Nolan emitió un gruñido sordo contra mi hombro, acelerando las últimas embestidas con una desesperación ciega antes de venirse dentro de mí en una sincronía tan perfecta que me dejó sin aliento, con los músculos temblando y el cuerpo completamente debilitado.
Nos quedamos allí durante varios minutos, inmóviles, con mi frente apoyada contra el borde de piedra y su cuerpo pesado cubriendo mi espalda, mientras el agua de la tina comenzaba a calmarse poco a poco a nuestro alrededor. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra. El silencio que siguió no fue tenso ni incómodo; era el silencio pesado de la tregua después de la batalla, el reconocimiento tácito de que habíamos cruzado un punto de no retorno.
Finalmente, Nolan se movió con cuidado, ayudándome a enderezarme y saliendo de la tina para envolverme en una gran toalla blanca antes de hacer lo mismo con él. Nos secamos en silencio, compartiendo miradas cómplices que decían mucho más que cualquier discurso académico.
Cuando nos tendimos en la cama de la habitación, con las luces de la ciudad parpadeando al otro lado de los ventanales y su brazo cruzado firmemente sobre mi cintura para evitar que me moviera, supe con absoluta claridad que la vida que había llevado antes de esa semana ya no existía. Estaba irremediablemente atrapada en su órbita, y por primera vez, mientras cerraba los ojos sintiendo su respiracióncompasada contra mi nuca, acepté que no tenía el más mínimo deseo de escapar.