Livia dejó caer la toalla que tenía en las manos y tomó el rostro de Damian entre sus palmas. Le pellizcó las mejillas y movió su cabeza de un lado a otro hasta que su cara siguió el vaivén. Él hizo un puchero aún más grande, lo que la hizo soltar una risita y seguir jugando.
—¿Quieres morir? —murmuró él.
—Jajaja, cariño, perdóname. Es que eres tan adorable. —Lo abrazó enseguida por la cabeza—. Lo siento.
Cubrió su cabello de besos, todavía riendo por la expresión graciosa de su marido, sin dar