La brisa de la mañana era tibia, aunque el sol parecía aún tímido, escondido tras un velo pálido de nubes. La lluvia había escaseado últimamente, y los días soleados tenían a todos de buen humor.
A todos, excepto a una persona.
Livia estaba sentada en el vestidor, perdida en sus pensamientos. Tenía las mejillas encendidas y la mirada clavada en el suelo, consumida por la vergüenza. Algo le carcomía por dentro, una sensación de la que no podía librarse. Nadie podía imaginar lo que pasaba, porque