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Noche fresca.

El viento levantó un mechón del cabello de Livia. Aunque lo había recogido con cuidado, sus ondas suaves se negaban a mantenerse en su sitio, rozándole las mejillas con la brisa.

—Perdone que la hiciera esperar, Señorita.

Maya se acercó con una sonrisa brillante e inocente, trotando hacia donde Livia estaba sentada en la zona de descanso, detrás de la casa. Algunas criadas andaban cerca, distraídas con sus teléfonos, pero ninguna se atrevía a acercarse a Livia. Preferían mantener
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