Pasaron unos días, acercándose al cumpleaños de su padre. El tiempo seguía fluyendo como agua de montaña: veloz e indiferente, sin detenerse por nadie.
Sí, la tierra gira igual para todos: veinticuatro horas al día. Ni más, ni menos.
Esa mañana, sin embargo, a Damian parecía habérsele ocurrido un nuevo nivel de tortura. Al menos, eso pensaba Livia. Para él, en cambio, aquello era su manera de expresar afecto.
Se apoyaba en el marco de la puerta del dormitorio, con gesto relajado y una sonrisa e