La puerta se cerró tras las tres secretarias, que se dispersaron de inmediato hacia sus escritorios, pálidas y temblorosas.
Dentro, el ambiente era denso.
Brown permanecía detrás de Damian como un maniquí de lujo: silencioso, inmóvil, pero con la mirada afilada. Sus ojos estaban fijos en Helena, aunque su mente iba por otros rumbos.
Damian se mantuvo quieto un largo rato. El silencio entre ambos era como una advertencia no pronunciada.
Por fin, preguntó:
—¿Qué haces aquí?
Aunque solo los separa