SOFIA
El espacio se redujo.
No físicamente. Las paredes no se movieron, las habitaciones no cambiaron y el techo no bajó. Pero la distancia entre las cosas, entre las personas, se modificó. Se redujo, intencionadamente y sin disculpas.
Comenzó con un cambio en la rutina. Clara no lo explicó, aunque a esas alturas ya sabía que no debía esperar una razón que no tenía sentido.
—Hoy te quedarás en el ala este —dijo mientras recogía mi desayuno, que no había tocado—.
—Ya estoy ahí —comenté, mirando