Al llegar a la mansión Morelli, la noche era espesa, rota únicamente por las luces brillantes que adornaban la entrada. El auto negro se detuvo con suavidad en el patio. Cristina no esperó a que Paolo le abriera la puerta; bajó llena de entusiasmo.
Lo primero que vio al bajar fue un rostro tan familiar como extraño. Familiar por sus rasgos y contorno, extraño por la expresión de asombro y desconcierto que mostraba.
—Angelo...
Cristina se quedó paralizada un momento antes de hablar.
El joven la