En el instante en que Paolo levantó la mirada y se topó con el brillo húmedo en los ojos de Cristina, se sintió aún más confundido. Se pasó la mano por el cabello de forma desordenada y, mirándola con pesar, habló.
—¿A qué hora llegaste?
Cristina le lanzó una mirada rápida.
—Todavía no me respondes.
—Cristi... en realidad... ni yo mismo lo sé.
—Si no sabes, ¿por qué la estabas abrazando?
Cristina abrió los ojos con sorpresa, arqueando una ceja y clavándole una mirada fulminante.
Paolo se quedó