Cuando llegó al final de la escalera, vio que los sirvientes ya rodeaban la habitación del señor.
La señora Sofia se apresuró a dispersarlos, y Cristina aprovechó para deslizarse sigilosamente hacia la habitación.
La voz grave y con ese tono perezoso, sonó de nuevo:
—Te lo pregunto una vez más, ¿quién eres y por qué estás en mi cama?
¿En su cama? ¿Qué... qué estaba pasando? Caminó a paso firme hacia el interior de la habitación.
En ese momento, se escuchó una voz tan familiar que resultaba imposible no reconocer:
—Señor, soy Cristi... Soy Cristi... ¿Cómo... cómo pudo olvidarme?
Cristina se quedó de piedra, clavada en su sitio. ¿Había escuchado mal? ¿Le fallaban los oídos?
Esa voz era tan parecida a la suya, tan parecida...
Dios mío, ¿esto era una pesadilla?
Se pellizcó el brazo con fuerza y el dolor le confirmó que era real. Se enderezó un poco. La voz de Paolo sonó de nuevo, ya no tan furiosa, sino de total confusión:
—¿Eres Cristi? Pero tu cara... tu cara...
Una voz clara, entre sol