Paolo entrecerró los ojos y la observó con cierta bruma en la mirada.
—No te preocupes, no me voy a morir. Si no quieres hacerlo conmigo, no te voy a obligar.
El corazón de ella se ablandó un poco; para ser honesta, se sintió conmovida. Pero en cuanto escuchó el tono ronco de su voz, cualquier fantasía romántica se hizo pedazos.
—¡Estaré esperando el día en que te metas en mi cama por tu propia voluntad!
La sonrisa maliciosa en la cara de Paolo hizo que la simpatía que ella acababa de sentir se desplomara en picada.
La sonrisa de Cristina se congeló. Le lanzó una mirada de fastidio y salió furiosa de la habitación.
Apenas llegó a la puerta, se dio la vuelta y regresó, respirando un poco agitada.
—No me dijiste qué quieres. ¿Carne de res o pollo? Deja de perder el tiempo y decide.
—¡Cerdo! —respondió él con seriedad, dando una orden que no admitía réplica.
Cristina sintió una oleada de exasperación.
—No tenemos carne de cerdo, ¿de dónde quieres que la saque?
—¡Resuélvelo! Gasté una for