Cristina no estaba nada contenta cuando él la bajó del auto casi a rastras.
Apenas cruzaron la entrada, Paolo la cargó en brazos sin previo aviso, ignorando su resistencia, y se dirigió directo hacia la cocina.
—¡Bájame! ¡Acabas de decir que no me ibas a obligar!
Ella pataleó, agitando sus piernas. El deseo que Paolo había logrado reprimir con tanto esfuerzo volvió a encenderse en un segundo. Sus ojos brillaron con lujuria y enfado.
—¡No te muevas! Dije que no te iba a tocar y no lo haré. Pero si sigues pataleando así y rozas donde no debes, ¡te va a pesar!
En su voz se notaba lo mucho que le costaba controlarse.
Cristina se quedó quieta de inmediato. Sus piernas dejaron de moverse sabiamente y escondió la cabeza en el pecho firme de él, dejando que la llevara en brazos.
Al llegar a la entrada del área de cocina, él la bajó con cuidado. Sacó un delantal nuevo y se lo puso con delicadeza. Luego la giró, se inclinó un poco flexionando las piernas y le ató las cintas por la espalda.
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