Paolo conducía enfocado en el camino. La luz del sol se filtraba por la ventanilla e iluminaba sus facciones bien definidas. Angelo entrecerró los ojos y lo observó con discreción.
Apoyó un brazo en la ventanilla y contempló el ir y venir de los carros.
Levantó la vista y una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Oye, Paolo, quiero aprender a manejar.
Él rio.
—Claro que sí. En cuanto lleguemos a la casa, lo arreglo.
Angelo sonrió.
—Gracias, hermano.
Desde que eran niños, Paolo nunca le había negado