Narrador omnisciente
Seyra se detuvo frente a la oficina de aquel hombre al que tenía meses sin ver. El chico que iba detrás —disfrutando de la exuberante vista propinada por el trasero de ella— pasó por su lado para abrirle la puerta y, como si fuese un caballero con excelentes modales, le señaló la entrada. Ella volteó su mirada y lo repasó de arriba hacia abajo y viceversa. No era muy guapo, pero tenía su encanto, había que admitirlo.
Caminó, adentrándose a aquel lugar donde era esperada. Lo