Palacio Real.
Edimburgo – Escocia.
27 de diciembre de 20XX.
La noche anterior a mi partida fue un suspiro eterno, una despedida silenciosa entre caricias y promesas que no podíamos garantizar. Le pedí una última noche juntos. No quería un adiós frío ni palabras que se llevara el viento. Quería que, si ese era el final, al menos quedara grabado en la piel.
Misael me miró con los ojos brillantes, como si supiera que estábamos cruzando una línea invisible. No dijo nada, solo me abrazó, como si pud