—Así que no necesita preguntarme si esto va a terminar alguna vez. Esa pregunta debería hacérsela a usted misma. Cuando usted pare, yo pararé.
El asistente tenía ganas de aplaudir, pero sabía que no era el momento.
¡La boca de Renato era realmente tan afilada como siempre!
Mónica palideció, su cuerpo tembloroso como una hoja a punto de caer. Sus ojos se enrojecieron lentamente.
—Estas palabras... ¿son tuyas o de Eduardo?
—Si quien estuviera aquí fuera el Señor Castro, probablemente ni siquiera