40. Caíste del cielo.
Volvió a rodar quedando esta vez sobre ella y embistió enérgicamente en su interior, deleitándose con la forma en la que se revolvía bajo su cuerpo, en que gemía y esas uñas le arañaban la espalda sin ninguna delicadeza.
— Cat, Cat...
Gimió ronco, mordiendo con fuerza su cuello y dejando una visible marca roja que pronto se volvería morada mientras se hundía en ella una última vez, hasta la mismísima base de su polla, corriéndose de forma copiosa, y aun así no paro de follarla hasta estar compl