El flash de la cámara se extinguió, dejando una mancha blanca en la visión de Isidora. Pero la mano de Matteo seguía allí, aferrada a su cintura, quemando la seda roja y la piel debajo de ella.
—¿"Almonte"? —repitió él cerca de su oído. Su voz era un rugido bajo, contenido solo por la presencia de cien testigos—. ¿Desde cuándo tienes una marca? ¿Desde cuándo diseñas algo más que arreglos florales?
Isidora giró el rostro hacia él. La distancia entre sus bocas era mínima, indecente. Podía ver las