Esa noche, al llegar a casa, todo cambió.
La risa quedó atrás. El silencio ahora era denso, lleno de deseo y ternura.
Nicolás la miró. Sus ojos negros la recorrieron con devoción, como un hombre que había aprendido a valorar cada instante. Había imaginado ese momento mil veces. Pero nada, nada, se parecía a la realidad de tenerla frente a él.
—Esta vez no pienso dejarte ir —susurró.
—No lo vas a hacer —respondió ella, suave—. Esta vez, me tenés entera. Cuerpo, alma… todo.
Nicolás la tomó e