El auto de Ana y Franco parecía una pequeña guardería rodante. Tres sillitas bien aseguradas, risas que brotaban como campanas desde los asientos traseros, y la música suave que acompañaba el viaje hacia Bella Vista. Hoy, los abuelos paternos de las gemelas y de Alejandro tenían una misión especial: regalarles a sus nietos un día de alegría en medio de estas semanas agitadas.
Franco, con una gorra ladeada, cantaba viejas canciones inventadas para entretener a las niñas. Ana, sonriente, revisaba