La habitación estaba colmada de perfume a jazmín y nervios. El vestido colgaba de un gancho dorado en la puerta del placard, como una promesa suspendida en el aire. Alejandra, de pie frente al espejo de cuerpo entero, apenas podía reconocerse.
Tenía los hombros descubiertos, la piel suave realzada por el satén blanco marfil que le abrazaba la figura. El escote caía con elegancia hasta una cintura marcada por un fino bordado de hilo de plata. El recogido en su cabello estaba sujeto por un delica