—No podemos fingir que no pasó —murmuré.
Su rostro se puso carmesí. —Estás loca.
—Tal vez. —Sonreí débilmente, acercándome más—. Pero dime que no te gustó. Dime que no sentiste nada.
Clara abrazó sus libros con fuerza contra su pecho, como si fueran una armadura. —Yo, no, Mara, no entiendes. Estuvo mal. Es… es asqueroso.
Incliné la cabeza. —¿Asqueroso? —Mi mano se deslizó sobre el escritorio a su lado, acorralándola sin tocarla—. Qué curioso. Tu cuerpo no pensó lo mismo.
—¿De verdad crees que e