Su voz estaba ronca, su pecho agitado mientras arañaba las sábanas, y cuando giró su rostro sonrojado hacia mí y escupió: “Todavía no has terminado conmigo”, algo dentro de mí se rompió.
Mi polla seguía dura, resbaladiza por la última ronda, mi cuerpo todavía vibrando de hambre, y sabía que de ninguna manera iba a parar.
No me lo estaba pidiendo, me estaba retando, provocándome.
Agarré su muñeca y la jalé de vuelta al centro de la cama. Ella jadeó pero no se resistió, sus ojos muy abiertos y de