Clara se acurrucó contra mí como si siempre hubiera pertenecido allí, sus pechos presionados contra los míos, nuestras piernas enredadas. Subí la manta hasta la mitad sobre nosotras, besé su frente húmeda y la abracé con fuerza.
Desnudas, crudas y todavía recuperando el aliento, nos dejamos llevar por el sueño con los brazos entrelazados, nuestros cuerpos negándose a separarse, como si la noche pudiera desaparecer si nos soltábamos.
Cuando abrí los ojos la mañana siguiente, la luz ya había llen