Sin saber qué se proponía, fui hacia el sofá con la intención de sentarme a su lado; pero, por alguna razón, me interceptó antes y me hizo caer en su regazo. Se quedó varios segundos observándome fijamente, como deleitándose con lo que veía... Yo lo miraba expectante, con ganas de saber ya qué quería, y a la vez sintiendo vergüenza por la intensidad de su mirada.
—¿Qué quieres? —le pregunté, con más timidez que otra cosa.
—¿Ya te dije que sos hermosa? —sostuvo, sin apartar sus ojos de los míos.