La quinta noche fue la más difícil. El aire en la habitación no solo se sentía espeso; se sentía pesado, como si me presionara el pecho. Me quedé allí acostada, con la piel zumbando por un hambre que ya no podía ocultar. Cada pequeño sonido me hacía temblar. No solo lo estaba esperando; estaba ansiando el momento en que me tocara. Sé lo loco y enfermo que suena, pero es la pura verdad.
Escuché el crujido de su colchón. El sonido fue como una señal. Obligué a mi cuerpo a quedarse flácido, con lo