La tercera noche llegó con un calor pesado y sofocante. Me quedé allí acostada, con la piel hipersensible y la mente hecha un lío de pensamientos oscuros. Ya ni siquiera pretendía intentar dormir. Solo esperaba el sonido de sus pies en el suelo. El corazón me funcionaba como un martillo en el pecho, y cada vez que la casa crujía, sentía una descarga de electricidad directo a las entrañas.
Entonces lo escuché. El crujido lento y rítmico de sus cobijas. Ya venía.
Elias no perdió el tiempo con