La segunda noche se sintió diferente. El aire en el cuarto estaba cargado de un silencio pesado y eléctrico que parecía presionar mi piel. Estaba acostada en mi cama, con el cuerpo rígido, escuchando el reloj de la pared. Cada tic sonaba como un latido. Esta noche no intentaba dormir. Estaba esperando. Esperaba el crujido de las sábanas, que la sombra se moviera, que el pervertido que dejé entrar a mi casa regresara por más y terminara lo que había empezado.
Cuando finalmente lo escuché —el sua