Yo estaba sentado en la cama, apretando las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. No podía apartar la mirada. Veía el punto exacto donde se unían. Podía ver la piel gruesa de la verga de ese hombre desapareciendo entre sus labios rosados e hinchados. Cada vez que él se le dejaba ir con fuerza, los jugos desbordados de ella sonaban al batirse, embarrándole toda la ingle a él.
—Mira cómo está puesta, Joe —gruñó Marcus, agarrando un ritmo más pesado y brutal—. Mira