Elena se rió, un sonido bajo y burbujeante que hizo que a Steve se le erizara la piel.
—Ven aquí, bebé. Acércate más. —Leo avanzó por la cama, gateando sobre sus manos y rodillas. Elena estiró la mano y envolvió con ella el peso semirrígido entre las piernas del joven. Empezó a acariciarlo. Sus movimientos eran lentos y deliberados.
—Esto —jadeó ella, con la voz pastosa y arrastrada—. Esta es tu verga, Leo. Y es tan... tan grande. Mucho más grande que la de tu papi. ¿Ves cómo crece? ¿Ves cómo