Tan pronto como la puerta principal se cerró de un portazo, el aire en la habitación cambió.
El "doctor" había desaparecido. Solo quedaba el depredador. Miré a Desiree. Su mitad superior seguía tendida sobre el otro lado de la camilla, sus manos aferradas a la silla vacía donde acababa de estar su marido. Pero su mitad inferior era mía.
No esperé. La agarré por los muslos y tiré de sus caderas hasta el mismo borde de la camilla.
—Ahora —gruñí, con mi voz bajando a un rugido profundo y áspero—